Al ver que Fátima seguía de necia, Cecilia también frunció el ceño.
—Ese ya es problema tuyo.
Le abrió la puerta del coche a la tía Lourdes para que subiera primero.
Aunque en Viento Claro no hacía tanto calor como en Villa Solana, estar parada afuera no era nada cómodo.
Fátima vio cómo las dos se subían al coche y pateó el piso del coraje.
¡No podía creer que la batearan de esa forma!
Era cierto lo que decían: los de la alta sociedad miraban a todos por encima del hombro y la veían a ella como una simple actriz de poca monta.
Fátima se convenció aún más de que tenía que llegar a la cima. Solo así podría pisotear a todos los que alguna vez la hicieron menos.
Sacó su celular de su bolsa de diseñador y llamó a su patrocinador.
—Gonzalo, soy yo, Fátima.
»¿Verdad que pasado mañana te acompaño a la fiesta de cumpleaños? Es que vi un vestido que me encantó, está precioso. Es blanco y tiene detalles de perlas. Ahorita te mando la foto.
Fátima le envió la imagen y la respuesta del otro lado no tardó en llegar. Fue una sola palabra:
—¡Cómpralo!
Luego, él le preguntó cuánto costaba y si le alcanzaba con doscientos mil pesos.
Pero Fátima ni siquiera sabía el precio exacto. Regresó a la boutique a preguntar.
No tuvo que buscar a Lisa, la chica de recepción se lo dijo.
—Ese vestido cuesta un millón ochocientos ochenta mil pesos.
A Fátima se le cayó la mandíbula.
Nunca se imaginó que un pedazo de tela pudiera costar tanto dinero.
¡Malditos ricos!
—¿Tanto? —Si costara ochocientos ochenta mil, quizá podría haberse esforzado para conseguirlo, pero un millón ochocientos ochenta mil pesos la dejaba completamente fuera de la jugada.
A la recepcionista le dio risa. Esa tal señorita Alcántara ni siquiera había preguntado el precio antes de ir a molestar a unas clientas VIP para exigirles que le cedieran el vestido. Qué atrevimiento.
Aunque, pensándolo bien, ella era una simple recepcionista que no podía ni costearse el cinturón de ese vestido, así que no estaba en posición de burlarse de nadie.
—Así es, el vestido tiene un costo elevado y por eso no está disponible para renta.
Fátima entendió a la perfección. Todo era por no tener un estatus lo suficientemente alto.
Se fue al baño a llamarle a Gonzalo.
—Gonzalo, el vestido ya lo tienen apartado. Ni siquiera me lo quisieron prestar para probármelo, si no, te hubiera mandado foto en este instante.
A Gonzalo sí le gustaba Fátima. Era una mujer lista, complaciente y, aunque no era una belleza despampanante, al menos no estaba operada.
Era ambiciosa pero no tenía nadie poderoso detrás, lo cual la hacía presa fácil.
Y lo más importante de todo, complacía sus fetiches más raros.
Siempre y cuando no cruzara la línea, a Gonzalo no le pesaba alimentar su ego.
—¿Y en dónde viste ese vestido?
Fátima le dio el nombre de la boutique.
Gonzalo se sorprendió al escucharlo. De hecho, sí había ido, más que nada porque su esposa adoraba ese lugar y dejaba ahí auténticas fortunas.
Era un estudio bastante conocido que solo se encargaba de vestir a la élite.

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