Tanto Natalia como Frida creían en la versión de Cecilia.
En cuanto a Máximo, ¿a quién le importaba si él no lo creía?
Estaba bien menso.
—No se preocupe —respondió Cecilia con una sonrisa.
Ella solo quería ver cómo reaccionaba Máximo.
Al jugar con los sentimientos de los demás, Adriana tarde o temprano saldría quemada.
Puede que Máximo no le creyera ahora, pero cuando se diera cuenta de la verdad, se sentiría como el idiota más grande del mundo.
Después de que le vieran la cara tantas veces, seguro que aprendería la lección.
Tal vez por su estatus o por alguna clase de magia, todos en la fiesta estaban siendo muy amables con Cecilia desde su gran presentación.
Y si no les caía bien, fingían hacerlo por el peso de sus acciones en el Grupo Ortega.
Apenas se separó de Agustín, ese insistente de Noé Palacios volvió a acercarse a molestarla.
—Cecilia, ¿te puedo llamar así? —preguntó Noé, adoptando una pose que él creía irresistible.
—Señor Palacios, creo que no tenemos la confianza para eso.
Y no era mentira, a duras penas y se habían visto una vez hoy.
La sonrisa de superioridad en el rostro de Noé se congeló por un segundo:
—No importa que no tengamos confianza ahorita, platicando nos vamos conociendo.
»Además, tu tía Lourdes es mi tía, así que prácticamente somos familia.
»Como te decía hace rato, yo me las sé de todas todas en diversión y fiestas. Puedo llevarte a pasear para que te acostumbres rápido a Viento Claro.
Noé ya había discutido su estrategia con Zoe, y seguía convencido de que los nerdos y cerebritos como Cecilia no podrían resistirse a sus tácticas.
Esos ratones de biblioteca se la pasaban pegados a los libros; no tenían ni idea de lo que era divertirse de verdad.
Solo tenía que invitarla a salir unas cuantas veces y estaba seguro de que terminaría corrompiéndola.
Mientras Zoe solo quería bajarle el novio y por eso lo había empujado a hacerlo, las intenciones de Noé eran mucho más perversas.
Quería arruinar a Cecilia.
A sus ojos, ella era demasiado perfecta, inalcanzable.
Pero si lograba echarla a perder, ¿quién sabe? A lo mejor los Ortega le suplicarían que se casara con ella y hasta le darían una buena lana de dote.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cecilia: De rechazada a soberana