Cualquiera se daba cuenta de que esa Adriana solo quería aprovecharse de su hijo.
El único menso que no lo veía era él, que se dejaba manipular como si nada.
No como los muchachos de la familia Ortega, que de inmediato se daban cuenta cuando algo andaba mal.
Las familias como la suya preferían mil veces que sus hijos jugaran con los sentimientos de otros a que fueran los juguetes de alguien más.
¡Eso sería una vergüenza total!
Menos mal que ya le habían encontrado a una prometida en condiciones; Frida era mucho más confiable.
—¿Acaso la señorita Medina no se había ido ya en el coche que le pidió Máximo? —Frida lo miró de reojo—. ¿O será que no aguantaste las ganas de retenerla?
¡Máximo se sintió ofendidísimo!
—Le pedí un coche por la aplicación, ya se fue.
Sacó su celular para mostrarles la pantalla.
La aplicación indicaba que el viaje seguía en curso.
Máximo miró a Cecilia:
—Cecilia, ¿no te habrás confundido de persona?
«Incluso si necesitas lentes, no me eches la culpa a mí», pensó.
¿Acaso no veía que esto solo haría que lo regañaran?
No le importaba mucho que su mamá le cortara las tarjetas.
Pero Frida estaba ahí, y a ella sí le tenía miedo.
—No creo haberme equivocado. Digo, tampoco estoy ciega.
Natalia y Frida voltearon a ver a Máximo al mismo tiempo, como pensando: «No, pero este güey sí que está ciego».
Él se frotó la nariz, sintiéndose atacado por la indirecta.
—¿Por qué no la llamas para ver cómo está? Digo, por si le pasó algo —sugirió Cecilia, haciéndose la inocente.
Este Máximo, quejándose de que Enzo le quería bajar a la novia; con lo menso que era, seguro que alguien más se la iba a bajar aunque Enzo ni se metiera.
Cecilia no tenía motivos para mentir. Máximo debería ponerse a pensar por qué alguien que supuestamente ya se había ido, regresó al hotel de repente.
Estaba claro que las intenciones de Adriana al asistir al banquete no eran nada puras.

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