La señora Olivares, temiendo que Raúl la obligara a escribir también una carta de disculpa kilométrica, le soltó un zape a su hijo de inmediato.
—¿Qué tonterías estás diciendo?
»¡Si no puedes terminar ese ensayo, mejor no vuelvas a la escuela! ¡Date de baja de una vez!
Diego puso cara de inocente. ¿De verdad era su madre?
—Yo solo decía…
—¡Tú nada! —lo interrumpió su madre—. ¡Tienes que terminarlo, y punto!
Diego suspiró.
—Está bien…
Raúl, por fin satisfecho con el espectáculo, se dirigió al director.
—Entonces, director, ¿nos retiramos?
Raúl se despidió por pura cortesía, aunque era evidente que ya se iban.
El director, sin ganas de discutir más, agitó la mano.
—Váyanse, váyanse.
«Y no regresen», pensó. Ya estaba viejo para estos trotes.
Al salir, Raúl cambió su actitud de perro de presa por una sonrisa amable al dirigirse a su sobrina.
—Ceci, aquí está tu mochila. Revisa que esté todo.
Raúl había recuperado la mochila que Cecilia dejó en el pueblo. Ella no necesitó revisarla; sabía que todo estaría intacto.
—Gracias, tío —dijo ella colulgándose la mochila al hombro.
Raúl se la quitó suavemente.
—Yo la llevo, está muy pesada.
Cecilia no se negó. Le pareció tierno ver a un hombre tan grandote como Raúl cargando una mochila rosa pastel. Era el que le había comprado Ivana, muy acorde a su gusto fresa.
Sandra, que venía detrás, los alcanzó. Como siempre, no tenía pelos en la lengua.
—¡Oiga, señor Raúl! ¡El amague de patada que le hizo a Diego estuvo increíble!
»¡Lástima que no le dio!
»Por cierto, ¿es verdad que en el rancho capan a los puercos en segundos?
»¿Cree que tardarían más en capar a una persona?
—Bueno, ya, métanse al salón las dos —interrumpió la señora Castro, temiendo que su hija sacara otra pregunta incómoda—. Están en último año, no pueden perder el tiempo.
Sandra tuvo que obedecer, pero antes de entrar, se giró una vez más.
—¡Tío Raúl, en serio, se vio súper bien en la dirección!
Raúl sonrió.
—¿A poco? Me preocupaba haber avergonzado a Ceci.
Cecilia lo miró con cariño.
—¿Cómo crees? ¡Estuviste genial, tío!
Raúl asintió, satisfecho.
—Entonces, ya sabes a quién llamar si tienes broncas, ¿verdad?
—Entendido.
Solo esperaba que el director no pusiera un letrero en la entrada que dijera: «¡Prohibida la entrada a Raúl y a los perros!». Aunque, pensándolo bien, la mamá de Sandra tampoco era una perita en dulce; llegó lista para los golpes.
—Órale pues, entren a clases, estudien mucho y llévense bien con sus compañeros —aconsejó Raúl, y luego agregó en voz baja—: Y con los que no se pueda, mándalos al diablo.

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