Cecilia captó la indirecta de Raúl: —Está bien.
Fue entonces cuando Raúl le entregó la mochila.
Cecilia y Sandra entraron juntas al salón, mientras Raúl y la señora Castro abandonaban la escuela.
En cuanto entraron al aula y se sentaron, Sandra no pudo contenerse y exclamó:
—No manches, Ceci, tu tío es la onda. Si le hubiera soltado esa patada de verdad, a estas alturas Diego ya no tendría con qué tener hijos.
Cecilia recordó la escena:
—Mi tío es una persona muy medida. Solo quería asustar a Diego, no tenía intención de patearlo realmente.
—Fue solo una advertencia para que deje de pensar con la bragueta.
—Si Diego me habla así hoy, mañana se lo dirá a otra. Ese tipo demuestra que sus padres no le enseñaron modales.
Sandra asintió, totalmente de acuerdo.
Delfina, al ver que Cecilia y Sandra regresaban sanas y salvas, suspiró aliviada.
—Ceci, ¿están bien?
—¿Los maestros no les hicieron nada?
Delfina se giró y preguntó con tono de preocupación.
Abril también se volteó. A ella no le importaba Cecilia, simplemente tenía curiosidad morbosa por saber cómo las había castigado la dirección.
Después de todo, fue una pelea en el comerdor; tenía que haber sanción.
Ahora que Cecilia ya no tenía respaldo y el tal Diego se veía de buena familia, la cosa pintaba mal para ella.
¿Habrían exigido los padres del chico que expulsaran a Cecilia?
Al pensar en eso, Abril miró a Cecilia con una chispa de esperanza.
Por desgracia, se iba a quedar con las ganas.
—Estamos bien. Diego tiene que escribir un reporte de reflexión.
—¡Y tendrá que pedirnos disculpas delante de toda la escuela!
La respuesta de Cecilia no fue la tragedia que esperaban.


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