Cuando Estella abrió uno de sus costales de rafia, Macarena se tapó la nariz.
—Es algo que traje de mi pueblo; huele un poco fuerte, pero es buenísimo para acompañar la comida.
Estella se sintió un tanto apenada.
Ella misma había ahorrado para sus gastos personales y los pasajes, así que su idea era economizar lo más posible.
Tal vez no olía muy bien, pero le ahorraría bastante dinero.
Cecilia notó la incomodidad de Estella y la apoyó:
—A mí me gusta, abre mucho el apetito. ¿Traes suficiente?
Al ver que a Cecilia le agradaba, Estella se alegró de inmediato:
—Ahorita te comparto, traje un frasco enorme.
—No hace falta.
El rechazo de Cecilia hizo que la sonrisa de Estella se congelara al instante.
—Si lo dejas en tu frasco se va a conservar por más tiempo. Cuando quiera un poco, nada más te pido.
Con esta aclaración de Cecilia, la sonrisa volvió a florecer en el rostro de Estella.
—Va, voy a tratar de que dure lo más que se pueda.
—De hecho, lo preparé yo misma; si encuentro los ingredientes aquí en Viento Claro, ¡puedo hacer más!
—¡Ay, no, por favor! —las interrumpió Macarena de golpe.
Cecilia y Estella la voltearon a ver y entonces se dieron cuenta de que Noelia lo estaba tolerando, pero Macarena no se había destapado la nariz ni un segundo.
—No es por hacerles el feo, pero el olor está insoportable, de verdad no puedo. —Diciendo eso, Macarena hizo un gesto de arcada.
—¡Perdón! —Estella no esperaba que su compañera reaccionara de esa forma.
Aparte de disculparse, no sabía qué más hacer.
—Estella, mejor ponlo allá afuera, en el balcón; ahí corre el aire y no se va a encerrar el olor.
Al verla tan incómoda, Cecilia sugirió esa opción.
Estella le hizo caso y enseguida se llevó el frasco al balcón.

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