—¡Solo le atinó de pura suerte!
El muchacho seguía negándose a creer que Cecilia supiera lo que estaba haciendo.
—¿Qué va a saber una simple estudiante?
—¿Y qué, apoco tú no eres estudiante? ¿Tú sí eres muy experto o qué?
—¿Cómo te pones a hablar así sin siquiera haber checado a la paciente?
Cecilia se puso de pie y se le plantó enfrente al muchacho.
El chico se quedó con la boca abierta, sin saber qué decir, y la cara se le puso roja.
O, bueno, quizá no era de vergüenza, sino más bien porque apenas se había dado cuenta de lo bonita que era Cecilia de frente.
—Y-yo solo lo digo por tu bien. Si la riegas en una situación así, no vas a poder hacerte responsable.
Los ojos de Cecilia estaban helados, sin una pizca de diversión.
—Ah, o sea que, cuando se trata de echarse responsabilidades encima, ¿para eso sí debe intervenir tu maestro?
—¿Trajiste a tu profesor para usarlo de chivo expiatorio si algo sale mal? —Cada palabra de Cecilia daba justo en el blanco.
El estudiante realmente no había pensado en que las cosas pudieran verse desde ese ángulo.
—¡Yo no quise decir eso! —exclamó, volteando de inmediato hacia su profesor, aterrado de que el doctor Tovar se lo tomara a mal.
—Ya fue suficiente —lo interrumpió el profesor Tovar—. Mauricio, no digas más. Me parece que la señorita aquí presente utilizó una técnica de presión focalizada para bloquear la sensación de dolor en la paciente.
—¿Qué va a ser una técnica real, profesor? ¡Si nomás le estaba encajando un tenedor de plástico! No deje que lo engañe.
—Ya sabe lo que dicen en internet: mientras más guapa es la mujer, más mentirosa te sale.
Mauricio bufó con evidente resentimiento.
Cecilia se quedó sin palabras.
—¿Eso es lo mejor que se te ocurre decir?
«¡No lo dije para halagarte!», pensó Mauricio. «¿Apoco no sabes de qué va el tema?».
—Mauricio, no seas tan cerrado. Que a ti nunca te haya tocado ver que se quite el dolor usando un cubierto, no significa que no sea posible.
El doctor Tovar dejó claro que no compartía la postura de su estudiante. De hecho, miraba a Cecilia con profunda apreciación.
—Dime, jovencita, ¿de qué facultad eres?
—De la Facultad de Medicina, de la carrera de Médico Cirujano —le contestó Cecilia con sinceridad.
El profesor le dio una buena impresión. Se notaba que era del tipo que corría a ayudar apenas le decían que alguien estaba mal, y encima, cero prepotente.

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