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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 918

—Seguro lleva un horario muy desordenado y come mucha comida chatarra, ¿verdad?

—Suele pasar por hábitos, hidratación y hasta genética, pero ahorita lo importante es que la revisen en el hospital.

La mirada de Carmen vaciló de un lado a otro; era la viva imagen de la culpa.

—Tampoco es que coma tanta chatarra...

Pero Ignacio no tuvo ningún reparo en desenmascararla frente a todos.

—Claro que tiene unos hábitos horribles. Mi mamá tiene un trabajo muy particular: escribe novelas de terror. Se la pasa despierta toda la madrugada, comiendo botanas, tacos, pizza...

El chico hablaba como si llevara guardándose esa frustración durante años, enlistando los pecados de su madre uno por uno.

Carmen agachó la cabeza.

No es que ella quisiera hacerlo, pero a la hora de la verdad, simplemente no se podía controlar.

—¡Qué padre trabajo tiene, señora! —soltó Mireya de repente, llevándose las manos a las mejillas por la emoción.

¿Quién diría que una señora de aspecto tan común, e incluso un poco tierna, tendría un trabajo así?

A Cecilia le cayó el veinte de todo. Con razón esa mujer parecía tener una personalidad tan inocente, casi como si nada malo le hubiera pasado en la vida; claro, no había sido triturada por el mundo corporativo ni por las presiones de la sociedad.

Ser escritora implicaba tener un entorno de trabajo bastante aislado y tranquilo.

—¿Alguien trae un tenedor o algo con punta? ¡Aunque sea desechable, solo se lo pido prestado un momento!

Cecilia preguntó en voz alta a las personas a su alrededor.

Una chica que acababa de pedir comida para llevar escuchó la petición de Cecilia y de inmediato sacó unos cubiertos desechables.

—¡Yo traigo! ¡Ten, amiga!

Cecilia tomó el paquete, sacó el tenedor desechable y, usando el mango romo, presionó firmemente un punto específico en la muñeca de Carmen.

Inmediatamente después de recibir la presión, Carmen sintió cómo el dolor disminuía de forma considerable.

—Oigan, creo que de verdad está haciendo efecto. ¡Qué barbaridad, qué buena técnica!

Al ver que su madre por fin lograba descansar un poco, Ignacio soltó un suspiro de alivio.

—Compañera, ¡muchísimas gracias!

—¡Doctor, por aquí! ¡Aquí es donde está la persona que se acaba de poner mal!

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