—¡Dale, dale! Nosotras también tenemos que empacar —dijo Mireya haciendo un ademán con la mano.
¿Qué les iba a molestar?
Aunque era un poco incómodo tener a alguien de fuera en el cuarto, Macarena tenía el dinero para permitírselo.
Además, Marta se veía muy amable, no tenía actitud de prepotente.
—Marta, ayúdame a organizar la ropa rápido, y también mete mis tenis favoritos...
—Maca, dudo mucho que vayas a usar esos tenis en el campamento de integración. Lo mejor es llevar tenis deportivos y súper cómodos —se vio obligada a advertirle Cecilia.
Marta detuvo sus manos mientras guardaba los zapatos: —Maca, Cecilia tiene razón. Lo más probable es que no los ocupes.
Macarena hizo un puchero de decepción. —Bueno, entonces empaca dos pares de tenis deportivos. Al ratito le hablo a mi mamá para que me compre otros dos y me los mande; no vaya a ser que me falten.
—¿No crees que es una exageración llevar tantos? —preguntó Mireya confundida.
Si no veía mal, Macarena ya había hecho que la empleada guardara cinco pares.
Dos de esos los habían ido a comprar juntas la tarde anterior.
En realidad, los tenis nuevos siempre sacaban ampollas; era mucho mejor llevar calzado al que ya se estuviera acostumbrada.
Pensando en el campamento, Mireya se había comprado unos tenis desde que empezaron las vacaciones de verano; se los ponía de vez en cuando y ahora ya le quedaban como guante.
Solo llevaba dos pares, más que suficiente para ir intercalándolos.
Cecilia también seleccionó solo dos pares, los que usaba del diario y priorizaban la comodidad.
—¿Cómo de que no? Me voy a cambiar de tenis todos los días, ¡esto ni siquiera me alcanza para la semana! —A Macarena le daba asco la sola idea de ponerse zapatos sucios.
—Pero si los ensucias, los lavas; los dejas secar y te los vuelves a poner. No tienes que estrenar uno diario.
Mireya pensó que, con la lógica de Macarena, no le iba a bastar con una maleta; iba a necesitar unas cuatro.
—¡Pero yo no sé lavar tenis! —Macarena se quedó en blanco—. ¿No me los puedo traer a la casa para que los laven?
Volteó a ver a la empleada con cara de auxilio: —Marta, ¿puedes ir a verme al campamento una vez a la semana? Ándale, di que sí.
Antes de que la señora pudiera responder, Cecilia y Mireya se voltearon a ver.


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