—Gracias, Estella.
Cecilia le agradeció con una sonrisa y tomó su parte.
Mientras comía, empezó a despertar a Mireya y a Macarena.
—¡Arriba, hermosas! ¡Si no se levantan ahorita, se quedan sin desayunar y vamos a llegar tarde!
Mireya dio un respingo y se levantó, pero Macarena se tapó la cabeza con la cobija y hasta se cubrió las orejas con las manos.
Estaba más que claro que no quería saber nada del mundo.
—¡No me estén molestando, no quiero desayunar!
Estella se sintió incómoda: —Pero... ya te compré tu desayuno.
—Pues cómetelo tú. —Macarena no dudó en encasquetarle su comida a Estella.
—Al rato te va a dar hambre —dijo Estella, sin querer aprovecharse de la situación.
—Si me da hambre, como algo por ahí. —Como a Macarena no le faltaba el dinero, su plan era comprarse algo más tarde.
Además, Marta le había empacado un montón de chatarra; bien podía sobrevivir a base de puras botanas.
Al ver a Estella tan indecisa, Cecilia le sugirió: —Si tienes hambre, cómetelo; y si no, ahí déjalo.
La verdad es que a Estella sí le cabía, y de todas formas esos burritos sabían buenos hasta fríos.
—¡Yo no como sobras frías! ¡Ya cómetelo tú! —A Macarena ya la tenían harta con tanto ruido, así que no tuvo más remedio que levantarse.
Apenas y podía despegar los párpados; hasta se fue a lavar los dientes con los ojos cerrados.
Mireya andaba por las mismas.
Cecilia ya tenía todo listo: llevaba una maleta con ropa y una bolsa con su ropa de cama.
No llevaba casi nada.
En cambio, al ver que Macarena tenía dos maletones y un cerro de cosas, Cecilia intentó advertirle.
—Deberías dejar tus cosas de valor aquí; es muy arriesgado llevártelas.
—Seguro el instructor nos va a pedir que guardemos todo, y ni de chiste nos van a dejar usar aparatos electrónicos.
Aunque Cecilia nunca había estado en uno de esos campamentos, había escuchado las historias de Aurora.
Le contó que en esos lugares eran súper estrictos con el reglamento.

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