Cecilia no supo qué responder a eso.
—Oye, aunque no uses mi crema, tampoco es que te vayas a quedar desfigurada por un rasguño —dijo.
—Tómalo como una medalla de guerra. Si tu hermanastra se burla, pues le acomodas otro buen golpe en la cara.
—Te aseguro que se le quitan las ganas de meterse con tu físico.
—¡No manches, Ceci! ¡Qué pésimas ideas das! —exclamó Macarena, estupefacta.
Cecilia sonrió.
—No son pésimas ideas. Si tu hermanastra te trae de bajada, es porque a tu familia le falta carácter para ponerle un alto. No te queda de otra que defenderte tú misma.
Macarena lo pensó un momento y le dio la razón.
En su casa, el único sin sentido común era su abuelo, que había tenido la brillante idea de casarse con una viuda que ya traía a un hijo.
Tras la boda, el hijo de la mujer se metió a la familia como si nada, aprovechándose del dinero del abuelo y metiéndoles el pie a los verdaderos parientes para armar conflictos.
El hijastro de la mujer no era una perita en dulce, pero la hija que este había tenido era todavía peor.
Como sabía que no llevaba la sangre de los González, se la pasaba presumiendo de todo para opacar a Macarena, la verdadera heredera.
Lo que más coraje le daba era que la chica era tan doble cara como su abuela.
Y lo peor de todo es que muchos se tragaban el cuento.
De hecho, algunas personas genuinamente creían que ella era la verdadera señorita González.
Y cuando se descubría la verdad, se hacía la víctima diciendo que jamás lo había ocultado y lloriqueaba preguntando si la iban a menospreciar solo por no ser de sangre González.
Por increíble que pareciera, muchísima gente se conmovía con sus lágrimas de cocodrilo, en especial los hombres.
Pensaban: «Ay, pobre, si ella no hizo nada malo».
«Su papá no se apellida González, ¿pero qué culpa tiene la niña?».
«Y además, si ya lleva el apellido del abuelo, ¿por qué no la integran a la familia González?».
Era una experta en hacerse la mosca muerta.
Y sobraba quién se compadeciera de ella.
—Yo no soy tan hipócrita como ella, y cuando se pasan de la raya, ¡mi abuelo termina dándoles la razón!

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