Cecilia miró su reloj.
—Sale, nos vemos —dijo Macarena, agitando la mano.
Cecilia y Mireya tomaron a Estella de los brazos, listas para irse.
De pronto, Macarena dudó y llamó a Cecilia:
—Oye... ¿Esa pomada de verdad sirve?
—Sí, claro que sirve —respondió Cecilia con total seguridad.
Esa convicción le dio muchísima tranquilidad a Macarena.
—Entonces véndeme un tubito... —dudó—. ¿Cuánto cuesta?
—Todavía no tiene precio comercial —dijo Cecilia—. Casualmente traigo una extra, ten, úsala.
—¿No hay problema? —Macarena no quería aprovecharse de su amiga.
—Para nada. Si ves que funciona, solo te pido que le eches flores entre la gente que conoces.
Cecilia lanzó su condición con una sonrisa astuta.
No era nada descabellado, así que Macarena aceptó sin chistar.
Pero luego reaccionó y soltó:
—¡Un momento! ¿Me estás usando como conejillo de indias?
¡Y lo peor es que encima de ser su rata de laboratorio, tenía que darle las gracias!
Con razón decían que era una sabelotodo, tenía una mente muy diferente a la de cualquier persona normal.
En el círculo de Macarena sobraban personas con muchísimo dinero, todas obsesionadas con la belleza; ninguna toleraría tener ni la marca más diminuta en el cuerpo.
Pagarían lo que fuera con tal de probar algo que les borrara los defectos.
—¿Cómo crees? —negó Cecilia—. Ya tenemos suficientes sujetos de prueba.
—Si hasta los mejores actores la han usado y están encantados, te garantizo que los resultados se notan rápido.
Macarena se quedó analizando el comentario.
—O sea, ¿que ni siquiera alcanzo la categoría de conejillo de indias oficial?
—Si lo quieres ver de esa manera, no puedo hacer nada para evitarlo —dijo Cecilia, encogiéndose de hombros.
Ambas acordaron que Cecilia le entregaría la pomada esa misma noche, una vez terminadas las actividades del campamento.
Luego, Cecilia y Mireya se marcharon junto a Estella.
El cabello de Estella estaba bastante revuelto, por lo que seguramente también había estado metida en los jaloneos.

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