—¡Qué buena noticia! —exclamó Delfina.
Pero Héctor ya había colgado.
Delfina tardó un momento en procesarlo: quien había resuelto el problema de su hermana no había sido Héctor, sino un tío.
En cuanto a si era el tío Raúl o no, ¿qué importaba?
Lo importante era que no había sido Héctor.
Por su parte, Héctor no le dio mayor importancia al tal tío Raúl que mencionó Delfina.
Un hombre que «con mucho esfuerzo logró establecerse en la ciudad» debía ser, a lo mucho, la persona más exitosa de su pueblo, ¿no?
Pero, ¿qué podía hacer alguien de campo en un centro comercial?
Llegar a gerente de la plaza ya sería su máximo logro.
A Héctor no le preocupaba en lo absoluto alguien así.
***
Cecilia estornudó varias veces seguidas; no tenía idea de que alguien la traía en boca con tanta insistencia.
Al verla, Sandra le pasó un pañuelo desechable:
—¿No te habrás resfriado?
—Creo que no —dijo Cecilia, dudosa. En realidad, el día que fue al campo le había llovido y había pasado frío.
Sin embargo, confiaba en su buena salud y pensó que no pasaría nada.
Ahora veía que tendría que cuidarse más en el futuro.
Mientras tanto, Raúl regresó y le reportó todo a Lorena.
Al enterarse de que su nieta no se había dejado pisotear, a Lorena no le preocupó mucho el incidente.
—Raúl, ¿no te diste cuenta? Ceci no es ninguna dejada.
Eso era lo que más le agradaba a Lorena.
Lo que menos le gustaba de Delfina era su carácter, demasiado blando.
No se parecía en nada a sus padres, ni tampoco a ella misma.
Cuando supo que no era su nieta biológica, Lorena pensó: «Con razón. No somos de la misma sangre, por eso no encajamos».
Luego, al ver a su verdadera nieta, Cecilia, sintió esa conexión inmediata: «Esta sí es mi nieta».
El carácter de Cecilia encajaba perfectamente con el suyo.
El terreno de La Belle Cuisine era inmenso, de varias hectáreas.
Invitar a alguien a comer en La Belle Cuisine daba muchísimo prestigio.
Por el lado de Cecilia, al terminar las clases recibió una llamada de su abuela avisándole que ya la esperaban afuera de la escuela.
Además de ella, también había ido Miranda.
La presencia de Miranda le facilitó las cosas a Raúl.
Ya no tendría que hacer de chofer y podría ocuparse de sus asuntos.
Lorena ni siquiera le dio oportunidad de quedarse a comer.
—¡Cecilia!
Era la voz de Josefina.
Cecilia se giró al escucharla y vio a Josefina correr hacia ella.
—¿De verdad te arreglaste con Diego, el de mi salón?
—¡Diego no vino a clases en toda la tarde!

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