Cecilia se quedó atónita; no se le había ocurrido que Diego y Josefina estuvieran en el mismo grupo.
Con razón, ambos cortados con la misma tijera de la holgazanería.
Sin embargo, aunque Josefina tenía sus mañas, no parecía ser tan malintencionada como Diego.
—Seguro su mamá se lo llevó al hospital.
La señora Olivares se veía como alguien con dinero, cargada de joyas; seguro no confiaría en el diagnóstico de una enfermería escolar.
Cecilia no se equivocaba.
Al salir de la escuela, la señora Olivares llevó a su hijo directo al hospital.
Pero los resultados la decepcionaron enormemente.
Aparte de unos rasguños superficiales, Diego no tenía absolutamente nada.
Lo que sí le encontraron al muchacho fue hígado graso a su corta edad, lo cual enfureció a la señora Olivares.
El médico le explicó que, en el caso de Diego, ni siquiera calificaba como lesiones leves, así que la indemnización médica sería mínima.
Cuando el doctor se enteró de que le habían pegado dos chicas, ¡hasta se le notó una sonrisita burlona en la cara!
¡Qué coraje!
Definitivamente, cuando las cosas salen mal, parece que el mundo entero está en tu contra.
—¡Cómo puedes ser tan inútil! ¡Te pegan unas niñas y terminas en el hospital para nada!
—Cecilia, ten cuidado, es probable que te quiera extorsionar —advirtió Josefina.
Cecilia la miró con curiosidad:
—¿Me estás advirtiendo a mí? ¿No se supone que no te caigo bien?
Josefina la fulminó con la mirada:
—¡Tú no eres la que me cae mal!
Lo que le molestaba era aquella «hija perfecta de la familia Ortiz» que siempre la superaba en todo.
¡Pero Cecilia ya no era esa persona!
—Como sea, hazme caso y ten cuidado. Si te pide dinero y no tienes, te puedo prestar.
Cecilia sonrió con ironía:
—¿Tanta amabilidad de tu parte?
Josefina pataleó del coraje:
—¡Te hago un favor y así me pagas!
—Está bien, entiendo. Gracias. Pero acordamos que cada quien pagaría sus gastos médicos, no habrá indemnización.
Cecilia decidió dejar de molestarla.
Ya no competían en la misma liga ni tenían conflicto de intereses.
Sandra entendió la indirecta:
—¿Entonces ahora odia más a «la otra»?
No dijo el nombre, pero ambas sabían que se refería a Delfina.
—Quién sabe —dijo Cecilia encogiéndose de hombros.
Al llegar a la entrada, las dos se separaron.
Miranda, recargada en la puerta del carro, vio a Cecilia y le hizo señas.
—¡Ceci, sube!
Cecilia apresuró el paso.
Miranda iba de copiloto, así que Cecilia se sentó atrás con Lorena.
Aproximadamente una hora después, llegaron a casa de la hermana mayor de Miranda.
Úrsula Márquez vivía en una mansión que gritaba dinero por todos lados.
Sin embargo, era muy parecida a la casa de los Ortiz, así que a Cecilia no le impresionó demasiado.
Además, habiendo visto los jardines coloniales de La Belle Cuisine, ¿quién podría impresionarse con una villa moderna?

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