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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 965

—Obvio que no se puede, ¡pero el señor se armó con un excelente pretexto!

«Si tienes lana, haces las reglas. ¿Cuál prohibición ni qué la fregada?», pensó Fabián con ironía.

La realidad era que el campamento estaba cayéndose a pedazos por la falta de mantenimiento.

Con un ligero movimiento de muñeca, Agustín fácilmente había aflojado billetes para donar capital o bien suministrar todo el equipo nuevo que les hacía falta.

Fácilmente podría haber mandado construirles un nuevo terreno deportivo.

Colarse por unas cuantas horas no había significado el menor reto.

Hasta los coordinadores más gruñones se vuelven la mar de dulces frente a su nuevo benefactor.

¿Qué les costaba saltarse las normas por esta única vez?

Cecilia por fin entendió por qué Agustín andaba pavoneándose por ahí.

—¿De a cómo fue el donativo?

Quería pensar que de verdad le nació el espíritu caritativo. Porque si nomás derrochó el dinero con tal de verla, se iba a sentir como si fuera el motivo de un capricho frívolo.

—Échale como un millón de pesos —Fabián tiró una cifra tentativa.

Con un melón bastaba y sobraba, pero de no alcanzar, Agustín soltaba otro tanto sin sudar la gota gorda.

Cecilia sabía perfectamente que, para un hombre de la talla de Agustín, un millón de pesos era lo mismo que sacarse un billete de cien pesos de la bolsa.

Así que no cuestionó nada más.

Simplemente salió de allí escoltada por Fabián.

Aunque no habían pasado ni quince días desde la última vez que se vieron y Cecilia no sentía mayor diferencia en sí misma, en cuanto Agustín la vio notó de inmediato que estaba más delgada.

Como Fabián había estado al frente como instructor jefe del campamento, estaba claro que no se iba con rodeos ni les había puesto las cosas fáciles a los alumnos.

La carga física debió ser infernal. ¿De qué otra forma se explicaría que Cecilia estuviera más flaca, con todo y el aguante que ella ya se cargaba?

—Has bajado bastante de peso.

Fabián le acomodó un golpecillo amistoso a Agustín en el hombro:

—¿Cómo que bajó? Si yo la veo igualita.

Agustín lo volteó a ver de reojo:

—¿Y tú cuándo te fijas en algo que valga la pena?

Fabián carraspeó llevándose el puño a la boca:

—Bueno, ya, piénsalo como un reto fit. ¿A poco no todas estas muchachas andan siempre con su dieta?

Él mismo lo veía con Alba Lara, su prometida. Nomás se comía un plato de más en la cena y ya andaba mortificada con que iba a engordar.

Alba no era para nada llenita, pero tampoco era de las que desaparecía si se ponía de perfil.

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