Más tarde se enteró de que Olivia había tomado su obra para participar. Cuando Amanda quiso reclamar, la señora Zúñiga la regañó como una loca:
—Le robaste a Olivia dieciocho años de vida, ¿qué importa que tome un cuadro tuyo? Además, ahora eres ciega, no pienses que volverás a pintar en tu vida. Que use tu pintura para concursar es un honor para ti, no seas malagradecida.
Al día siguiente, la señora Zúñiga fue a la escuela de arte a tramitar su baja.
Solo le faltaba un año... solo un año para graduarse.
Amanda suspiró hondo, se mordió el labio inferior con fuerza y su cuerpo tembló levemente.
Escuchó que el tono del oficial se volvía severo:
—Amanda, responde la pregunta.
Un momento después, Amanda levantó la vista; su mirada profunda revelaba una determinación indescriptible.
—Hasta que llegue mi abogado, tengo derecho a no responder ninguna pregunta.
Dos horas más tarde, Amanda salió sin problemas de la estación de policía.
Se quedó parada en la entrada, escuchando a Ginés Mendoza platicar con el oficial a cargo del caso. Intercambiaron cortesías y formalidades un momento antes de que Ginés se dispusiera a irse.
Salieron uno tras otro y, apenas cruzaron la puerta de la estación, Ginés estalló.
—Amanda, ¡espérate ahí!
Amanda se detuvo. Ginés se acercó echando humo, furioso.
—Amanda, si no te hubieran detenido hoy, ¿hasta cuándo pensabas ocultármelo?
Amanda, con el rostro pálido y un aire de debilidad, respondió:
—No pensaba ocultártelo.
Ginés estaba que explotaba.
—Ja, ¿que no pensabas ocultármelo? Amanda, te pasas. Ocurrieron tantas cosas y se lo contaste a Verónica, pero a mí no me dijiste nada. En el fondo no me consideras tu hermano.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ciega por tu Mentira