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Ciega por tu Mentira romance Capítulo 183

El público quedó atónito.

Todas las miradas se dirigieron hacia Olivia, que caminaba con dificultad hacia el frente.

Su visión estaba limitada, así que llevaba unos lentes de fondo de botella. En una mano sostenía un micrófono y con la otra lanzaba al aire pruebas que había impreso previamente.

Olivia llegó al centro, se detuvo y señaló a Amanda, que era el centro de atención.

—Ella, Amanda, es una bastarda que mi papá tuvo con la niñera. Y su madre es una mujer perversa; no solo se metió de amante a sabiendas, sino que nos intercambió al nacer y nos robó dieciocho años de vida.

—Hace diez años, la madre biológica de Amanda fue encarcelada. Yo pregunto: ¿qué derecho tiene una bastarda nacida de una amante, con una madre exconvicta, de pararse aquí a compartir sus experiencias de éxito? Esto es un insulto para todos.

Olivia esparció por todo el lugar las pruebas del encarcelamiento de Begoña, así como la prueba de paternidad entre Amanda y Nicolás. Cada documento confirmaba las palabras de Olivia.

De la sorpresa inicial se pasó al alboroto; la forma en que miraban a Amanda cambió radicalmente.

Alguien murmuró:

—No puedo creer que Amanda sea una hija ilegítima, no manches, se me cayó un ídolo.

—Su mamá estuvo en la cárcel, qué miedo. ¿Y si Amanda no es como imaginamos y es igual de tóxica que su madre?

—Quién sabe, pero mi ídolo no puede ser una bastarda, y menos tener una madre así de impresentable.

—Amanda nos decepcionó, ya no la voy a apoyar.

...

Los insultos incesantes llenaron el aire del centenario. Olivia había logrado su objetivo y miraba con presunción a una pálida Amanda en el escenario.

Amanda había destruido a la familia Zúñiga y a ella, así que claro que se la iba a llevar entre las patas.

Con alguien liderando, otros se unieron. Decenas de estudiantes se pusieron de pie uno tras otro, gritando la consigna: "¡Fuera Amanda!".

Mauro, que había permanecido en silencio, frunció el ceño. Si ella podía resolverlo, mejor; si no, no le importaba entrometerse.

El contraste entre su mirada gélida y el sol cálido era evidente. La paciencia de Mauro llegó al límite, pero justo cuando se levantaba, Amanda respondió de golpe.

—No me voy a bajar, nunca. Y ustedes no tienen derecho a pedirlo.

Amanda mantuvo la expresión impasible, con esa mirada oscura y firme de siempre.

—No niego lo que ven. Sí, soy una hija ilegítima y mi madre cometió errores. Pero no creo que eso sea una mancha en mi persona. Nadie en este mundo elige su origen. Si me niegan como persona solo por eso, solo puedo decir que son demasiado superficiales.

—¿O acaso los presentes creen que solo los que nacen en cuna de oro merecen el éxito? ¿Porque no pudimos elegir nuestro origen, merecemos cargar con una culpa eterna y vivir siempre agachados? ¿Con qué derecho juzgan mi vida? ¿Con qué derecho definen quiénes somos?

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