Fueron puras formalidades; tras unas cuantas frases de cortesía, empezaron a hablar de negocios.
El gerente general preguntó:
—No sé cuál sea el precio que tiene en mente la señorita Solano.
Amanda respondió con tono indiferente:
—Cien millones.
El gerente y el director intercambiaron miradas, y el gerente dijo sonriendo:
—Si no recuerdo mal, la señorita Solano compró por trescientos millones. ¿Ahora vende el 30% y pide cien millones de entrada?
Amanda se recargó en el sofá y sonrió.
—Exacto, gasté trescientos millones, no voy a vender para perder dinero.
—Tiene lógica, pero si a la señorita Solano le urge vender, cien millones quizás sea un precio inflado.
Amanda había revisado detenidamente la información de Naviera Meridiano: una naviera vieja que llevaba años estancada sin poder transformarse. Su gestión no era buena.
Que en esas circunstancias estuvieran dispuestos a desembolsar dinero para comprar acciones del muelle era realmente sospechoso.
A menos que...
Amanda mantuvo la calma; en momentos así, más valía tener sangre fría.
Tomó un sorbo de café y levantó sus hermosos ojos.
—Veo que han investigado bastante, hasta saben que me urge vender. Pero el Muelle Fortuna es una mina de oro, y hay muchos interesados. Que ustedes no quieran pagar ese precio no significa que otros no quieran.
Apenas terminó de hablar, llamaron a la puerta de la sala de juntas.
—Señorita Solano, el señor Díaz quiere hablar con usted sobre el muelle.
Amanda se quedó pasmada medio segundo.
¿Qué hacía Mauro metiendo su cuchara aquí?
Antes de que pudiera pensar más, Mauro y Hugo entraron con aire de grandeza.
Mauro iba al frente, con su figura alta enfundada en un traje caro, destacando entre la multitud. Su postura relajada tenía un toque de arrogancia.
—Cien millones. Yo los pago.
De inmediato, la gente de Naviera Meridiano se puso nerviosa. El gerente se levantó de golpe.
—Señorita Solano, hay que respetar el orden de llegada, no se vale que alguien se meta en medio.

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