Amanda ya no lo amaba, pero qué importaba. En este mundo no existen tantos amores correspondidos; bastaba con que él la amara a ella, ¿no?
Al pensar en eso, el cuerpo tenso de Lucas se relajó un poco.
En ese momento sonó su celular. Era Olivia.
...
Veinte minutos después, Lucas llegó a su actual residencia.
Apenas salió del elevador, vio a Olivia esperando afuera.
La mirada de Olivia se posó en él. Al ver a Lucas acomodándose los lentes, se apresuró a recibirlo con tono adulador:
—Lucas, por fin llegas, te he estado esperando mucho tiempo.
Antes, Olivia tenía llaves de todas las casas de Lucas, incluso la llave de repuesto de la oficina, pero ahora solo podía esperar afuera como una pordiosera.
Todo por culpa de la perra de Amanda, que hacía que Lucas ya no fuera tan obediente con ella como antes.
En cuanto recuperara la vista, lo primero que haría sería ajustar cuentas con Amanda.
Lucas evitó instintivamente el contacto y no hizo ademán de abrir la puerta. Habló con frialdad:
—¿Qué quieres?
Desde que Amanda se fue, su adicción al tabaco había empeorado; se fumaba varias cajetillas al día. Sacó un cigarro, lo encendió y la miró con impaciencia.
Olivia recurrió a su vieja táctica: hacerse la víctima y mostrar su lado frágil.


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