La Avenida de la Paz solía ser un estacionamiento gigante tanto en la mañana como en la noche. Amanda había pasado por ahí antes y sabía lo frustrante que era; el tráfico era un infierno, de esos que te hacen querer aventarte del puente.
—Lo entiendo —dijo Amanda—. No hay prisa, maneja con cuidado.
La irritación de Mauro por el embotellamiento se disipó con las palabras de ella. Sostuvo el teléfono y sonrió.
—¿Tan comprensiva?
Amanda se recargó en el suave respaldo de la silla, mirando las luces de neón que empezaban a encenderse fuera de la ventana.
—Siempre lo soy, es solo que el señor Díaz no me conoce bien.
¿Cómo no iba a conocerla? La conocía mejor que a sí mismo.
—Parece que en el futuro tendré que pasar más tiempo con la señorita Solano para conocerla más… a fondo —bromeó Mauro.
Amanda se sonrojó y guardó silencio.
«¿A fondo?»
¿Qué tan a fondo?
Mauro se dio cuenta tarde de que su elección de palabras había sido inapropiada e instintivamente quiso explicarse.
Justo entonces, Hugo, que iba manejando, advirtió:
—Señor Díaz, nos siguen.
El rostro de Mauro se puso serio de inmediato. Miró por el retrovisor al auto negro que los seguía de cerca; parecía que estaba detrás de ellos desde la Avenida de la Paz.
Su voz se tornó grave:
—Amanda, nos vemos en un rato.
Y colgó.
Amanda no tuvo tiempo de reaccionar. ¿Qué había dicho Hugo? Le pareció escuchar la palabra "peligro", pero no estaba segura.
En el coche.
Después de pasar la zona congestionada, el camino se despejó, especialmente en los trescientos metros antes de subir al viaducto elevado. La velocidad aumentó.
Mauro observó el auto negro. Estaba seguro de que los seguían.
—Hugo, baja la velocidad primero.
—Enterado.
Al reducir la velocidad, el auto de atrás también frenó.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ciega por tu Mentira