¿El hombre que la salvó en el hipódromo?
Mauro.
Amanda estaba de buen humor, pero al mencionarlo, su calma se vio perturbada como si una brisa agitara el agua.
Desde que Lucas fue detenido y Mauro la llevó al hospital, el hombre parecía habérselo tragado la tierra; no había vuelto a aparecer.
En ese lapso, Amanda le envió un mensaje, solo para descubrir que él la había bloqueado.
Amanda había pensado que, una vez resuelto el asunto de Lucas y terminada su colaboración, lo más probable era que no volvieran a cruzar caminos.
Pero nunca imaginó que él fuera tan tajante como para bloquearla directamente.
La expresión de Amanda se ensombreció un poco y frunció ligeramente el ceño.
—De verdad no tengo nada con él, ni siquiera somos amigos. Ya no tenemos contacto.
James se quedó atónito, con cara de incredulidad.
¿Cómo era posible?
Por la forma en que aquel hombre se veía de nervioso y cómo miraba a Amanda en aquel momento, era obvio que ella le importaba muchísimo. James no podía haberse equivocado.
Sin embargo, por la cara de Amanda, no parecía estar mintiendo.
James cambió el tema con una broma para aligerar el ambiente:
—Entonces me falló la vista. Pero una mujer tan excepcional como tú, Amanda, seguro tiene muchos pretendientes.
De pronto, a Catherine le brillaron los ojos y dijo con entusiasmo:
—Amanda, tengo un pariente que trabaja en finanzas en Clarosol. Si se da la oportunidad, te lo presento.
La sonrisa de Amanda se congeló.
¿Ahora a los extranjeros también les daba por jugar a ser cupido?
Amanda no quiso rechazar su buena intención de golpe, así que solo sonrió levemente y no dijo nada más.
***
Al terminar la comida, Amanda subió a su coche y llamó a Eduardo, que estaba lejos, en Clarosol.
Eduardo Beltrán tenía cuarenta años; era el mayor de todos sus compañeros de clase, pero también el que tenía más carácter y el temperamento más impredecible.


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