Amanda salió del bar, detuvo el paso un instante y, por el rabillo del ojo, notó a los tipos que la seguían.
Siguió caminando con fingida calma mientras deslizaba discretamente la mano dentro de su bolso...
De repente.
Los hombres se abalanzaron sobre ella. Amanda se giró por instinto, sacó el taser que ya tenía preparado y electrocutó al que estaba más cerca.
Los otros reaccionaron al momento y gritaron:
—¡La perra trae un taser! ¡Tengan cuidado!
Dicho esto, rodearon a Amanda.
El alcohol les daba valor, pero Amanda no era ninguna presa fácil. Cuando uno intentó agarrarla, le propinó una patada directa en la entrepierna, haciéndolo aullar de dolor.
Aprovechando que los otros dos dudaron, agarró el brazo de uno y le aplicó una llave de judo, lanzándolo por encima del hombro contra el pavimento.
Tres hombres yacían en el suelo gimiendo. Amanda miró al último que quedaba en pie.
—Solo quedas tú.
No muy lejos de ahí.
Manuel no dejaba de mirar hacia esa dirección.
—Señor, ¿esa mujer en la entrada del bar no se le hace conocida?
Mauro tiró la colilla de su cigarro en el basurero.
Su mirada profunda no se había apartado de Amanda ni un segundo.
Al no recibir respuesta de Mauro, Manuel miró discretamente a Hugo.
Hugo le lanzó una mirada elocuente.
—Manuel, usa un poco el cerebro. Aparte de cierta persona, ¿quién más podría tener al jefe tan concentrado?
Manuel cayó en cuenta.
—¡Ah! Es la señorita Zúñiga. Con razón se me hacía familiar.
Mientras hablaba, volvió a mirar hacia donde estaba Amanda.
—Qué bárbara. No sabía que la señorita Zúñiga peleaba tan bien. Uno contra cuatro. Con razón es la mujer que le gusta al jefe.
En ese momento, el único hombre que quedaba frente a Amanda sacó de golpe un paquete con polvo y se lo lanzó a la cara.
No tuvo tiempo de esquivarlo e inhaló bastante polvo.
Amanda se cubrió la nariz y la boca por reflejo, con la mirada oscurecida.

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