Esas simples palabras golpearon el pecho de Mauro.
Era la pregunta más difícil que había tenido que responder en toda su vida.
Unos segundos después, Mauro arqueó una ceja y sonrió con burla. —Señorita Zúñiga, ¿qué hice para que tuviera tal malentendido?
Los pocos pacientes que quedaban ya se habían ido.
Ahora estaban solos.
Amanda y Mauro se miraron el uno al otro; cada expresión era captada por la otra persona.
Tras un silencio, Amanda soltó una risa ligera. —Parece que me equivoqué. Tienes razón, el señor Díaz hasta me tiene bloqueada, ¿cómo podría gustarle?
Se recargó con pereza en el asiento, con la mirada fría. —Siendo así, ¿podría molestar al señor Díaz para que deje de hacer cosas que me confundan?
Mauro tenía los nervios de punta y la respiración contenida.
Segundos después, suspiró y solo logró decir una palabra: —Perdón.
No sabía por qué, pero Amanda sintió un sabor amargo.
Un poco de acidez.
Un poco de tristeza.
Sin embargo, controló la emoción antes de que se extendiera y sonrió levemente. —Acepto la disculpa. Así que, señor Díaz, por favor retírese. Si es posible, sería mejor que no volviéramos a tener ningún contacto.
Ya había probado la amargura del amor y pensó que nunca volvería a sentir nada por nadie en esta vida, pero Mauro había irrumpido en su mundo sin previo aviso.
No sabía si lo que sentía por Mauro contaba como enamoramiento, pero Amanda sabía que debía terminar ahí.
Antes de que creciera descontroladamente, debía matarlo de raíz.
El suero se terminó. Amanda no llamó a la enfermera; quitarse la aguja no era difícil para ella.
Se sacó la aguja con destreza y se puso de pie.


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