Amanda se quedó paralizada.
¿Meterse con su profesor?
¿Acaso se refería a seducir... a Clemente?
A juzgar por su estado, Belén había perdido por completo el contacto con la realidad y la estaba confundiendo con otra persona.
Para no lastimarla, Amanda evitó resistirse de forma brusca.
—Señora Velasco, por favor suélteme. Yo no soy esa mujer de la que habla, me está confundiendo.
Pero Belén estaba completamente enloquecida, con los ojos desorbitados por la furia. Abrió la boca y empezó a vociferar con odio visceral:
—¡Maldita zorra! ¡Claro que eres tú! ¡Aunque te volvieras polvo, jamás te confundiría! ¡Te traté como si fueras mi propia hija! ¡¿Cómo pudiste meterte en su cama?! ¡Él era tu profesor! ¡¿Cómo fuiste capaz?!
Hablaba de manera atropellada, pero la magnitud de su ira era innegable, brotando como un fuego que destruía su último rastro de cordura.
Clemente, que salió corriendo tras ella, se acercó de inmediato y le inyectó un sedante en el brazo.
En cuestión de segundos, el cuerpo de Belén perdió fuerza y se desmayó.
El médico la atrapó antes de que cayera al suelo y, sin decir una sola palabra, la cargó en brazos de vuelta a la habitación.
Después de eso, Clemente se quedó velando el sueño de su esposa por un largo rato. Afuera en la sala, Amanda permanecía sentada sin atreverse a preguntar nada.
Nadie sabe cuánto tiempo transcurrió hasta que, por fin, Clemente volvió a salir. Cerró la puerta tras él con delicadeza y se giró para clavarle una mirada sombría a la joven.
Quizás, el hecho de que su secreto hubiera quedado expuesto hizo que perdiera aquella actitud defensiva del inicio.
Amanda intuyó que el hombre estaba a punto de confesarle la verdad, así que decidió esperar en silencio.
Tras un momento, Clemente encendió un cigarrillo, frunció el ceño profundamente y le dio un par de caladas desesperadas.
—No es que yo no quiera operar a nadie. Es que simplemente mi mano ya no sirve para sostener un bisturí.
Al decir eso, abrió su mano derecha para mostrársela. Amanda pudo ver una cicatriz espantosa que le atravesaba la palma. Aunque parecía ser una herida muy vieja, resultaba obvio que había sido un corte tremendamente profundo.

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