Víctor estaba de fiesta con unos amigos. Ignoraba las llamadas de cualquiera, excepto las de Amanda.
Víctor buscó un lugar tranquilo para contestar.
—Amanda, apenas han pasado unos días sin vernos, ¿ya me extrañas?
Hablaba con ese tono coqueto, pareciendo un donjuán a primera vista, aunque curiosamente nunca había tenido novia.
Amanda no estaba para bromas y fue directo al grano.
—Víctor, ¿tu familia tiene una empresa de transporte?
—Sí, tenemos una —respondió Víctor—, pero como no va bien, mi mamá planea venderla. ¿Por qué preguntas de repente?
—Véndemela a precio de mercado, la necesito —dijo Amanda sin rodeos.
—¿Eh? ¿Te vas a meter a los negocios?
—Algo así.
Víctor no era tacaño.
—Si tú la pides, no hay razón para negarse. En cuanto al dinero, págalo cuando lo tengas.
Amanda bromeó:
—¿A quién crees que le hablas? ¿Parezco alguien a quien le falte dinero?
Cuando Amanda planeaba irse, vendió todas sus joyas y bolsos de marca, juntando unos dos o tres millones. No se quedó con el efectivo, sino que lo invirtió y, con buena suerte, ganó una pequeña fortuna.
Más tarde, con la venta astronómica de su obra tras su regreso, invirtió una parte en la Galería El Vuelo y apoyó un nuevo proyecto nacional con mucho futuro, obteniendo buenos rendimientos.
Haciendo cuentas, ahora era una pequeña millonaria.
—Casi se me olvida —reaccionó Víctor—, eres una mujer de negocios exitosa. Mira, esta noche hablo con mi mamá al llegar a casa y mañana temprano te aviso.
—Está bien, gracias.
Después, Amanda se bañó, se secó el cabello y se acostó. Al recordar todo lo que pasó esa noche, todavía sentía un poco de miedo.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ciega por tu Mentira