Pensando en eso, Joana soltó una sonrisa resignada y negó con la cabeza.
Definitivamente, a veces pecaba de ser demasiado buena.
Al verla alejarse, Cristina no pudo evitar gritarle por la espalda:
—¡Entonces prométeme que no me vas a vetar en la industria!
Joana no se detuvo ni miró hacia atrás; simplemente levantó una mano y se despidió con un gesto perezoso en el aire.
Ese simple ademán fue suficiente para que Cristina entendiera el mensaje.
En ese preciso instante, el arrepentimiento la golpeó con la fuerza de un huracán por no haberse quedado leal al lado de Joana.
Si no se hubiera marchado, jamás habría terminado en esta situación tan miserable.
Lentamente, levantó una mano para acariciar su mejilla inflamada; el nudo en su garganta se hizo más apretado.
Las lágrimas de impotencia comenzaron a asomar, enrojeciendo los bordes de sus ojos.
Era verdad. Uno no puede llorar sobre la leche derramada ni regresar el tiempo para tomar el camino que desechó.
Una vez que das el paso, solo queda seguir adelante.
Y si tomaste la decisión equivocada, tienes que pagar el precio con sangre, sudor y lágrimas.
Ese era, indiscutiblemente, su caso.
...
Al regresar, Arturo se acercó a ella con pasos rápidos y llenos de urgencia.
—Joana, ¿estás bien? ¿Te hizo algo?
A Joana le hizo gracia su preocupación y lo tranquilizó con voz suave.
—Claro que no, solo estuvimos aclarando un par de cosas.
—¿Segura que no intentó pasarse de lista?
Arturo no se quedó tranquilo hasta inspeccionarla de pies a cabeza con la mirada.
Solo cuando comprobó que estaba intacta, el corazón le volvió a latir a un ritmo normal.
Joana suspiró, enternecida.
—En serio, estoy perfecta. Puedes estar tranquilo. Solo me contó algunas cosas que me dejaron un poco sorprendida, la verdad.

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