—¿Y bien? ¿Ya quedó claro que esta tipa es una farsante? —Karina insistió, casi brincando de ansiedad—. ¿El dueño la va a echar o no?
El agente le lanzó una mirada de advertencia.
—Ya no sigas —le susurró.
Luego, giró hacia Joana y forzó una sonrisa conciliadora.
—Señorita Joana, la verdad es que cometimos un error, nos confundimos con la información. Resulta que esta casa es de usted y su esposo, y él mismo acaba de decir que cualquier daño él lo paga. ¿Le parece si lo dejamos así? En serio, ellos vinieron solo a ver la casa, no quisieron causar problemas.
Karina se quedó pasmada.
¿Cómo es que esta mujerzuela terminó siendo la dueña?
Le enterró las uñas al brazo de su novio.
Quintín, sobresaltado, reaccionó de inmediato.
—¿Quién dijo que queremos rentar esta casa? ¡Con el precio tan bajo, seguro tiene algo raro!
Karina, con los ojos llenos de veneno, miró al atractivo hombre junto a Joana.
—¿Quién sabe qué clase de cosas hace aquí la “dueña”? A lo mejor hasta mete gente rara, y su propio esposo prefiere no regresar. Mejor nos alejamos, no queremos meternos en líos.
Dicho eso, Karina intentó jalar a Quintín para irse, esperando que Joana la detuviera. Quería verla rogar, exigirle que se quedara. Así tendría el control y podría hacerle la vida imposible a esa “zorra”.
Pero entonces…
—Esperen —dijo Joana, calmada.
Karina sonrió con suficiencia y se giró.
—¿Qué pasó? ¿Ya te arrepentiste de lo que dijiste?
Joana sacó su celular y preguntó, sin alterar la voz:
—¿Tú acabas de decir que yo traigo gente a la casa? ¿A qué clase de gente te refieres?
Su mirada no mostraba ni enojo ni alegría, solo una firmeza que intimidaba. Sus ojos color ámbar, profundos y claros, parecían atrapar a cualquiera. Karina sintió que algo no andaba bien.
Quintín, sin embargo, se burló.
—Pues que eres una cualquiera, ¿o qué? ¿Te haces la digna? Seguro tu marido ya no te aguanta, por eso anda vendiendo la casa.
—¿Estás dispuesto a responder ante la ley por lo que acabas de decir? —Joana curvó los labios con una mueca llena de intención.
—¡Ustedes! ¡Le pegaron a mi esposo! ¡Lo van a matar estos dos infelices! ¡No se la van a acabar!
En el suelo, Quintín aullaba de dolor.
—¡Me mataron! ¡Me destruyeron la vida! ¡Ya no sirvo para nada!
Karina, con los ojos llenos de rencor, clavó su mirada en Joana.
—¡Lo dejaron así! ¡Ya arruinaron su vida! Si hoy no le pagan doscientos mil pesos, no los dejo en paz.
El agente inmobiliario, atrapado en medio de todo, no sabía ni dónde meterse.
Joana contempló a la pareja en el suelo, con una sonrisa sarcástica.
De pronto, se escucharon pasos acercándose.
El encargado de la propiedad llegó, seguido de varios guardias de seguridad.
Karina, abrazando a Quintín, empezó a berrear como si estuviera en un velorio:
—¡Auxilio! ¡Estos desgraciados mataron a mi esposo! ¡Agárrenlos, por favor! ¡Me lo van a dejar inválido!

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