Aparte de eso, él tampoco sabía cómo consolar a Catalina.
Al escuchar esto, el semblante de Catalina por fin se suavizó un poco.
Mirando la transmisión en vivo en la televisión, su voz sonó venenosa y cargada de rencor:
—Tienes razón, debo cuidar mi salud. Si no, ¿con qué fuerzas voy a seguir peleando con esa mujer? ¡No voy a permitir que se case con mi hijo delante de mis narices! ¡Arturo tiene que seguir mis planes, le guste o no!
No se sabe en qué pensó Catalina de repente, pero enseguida le mandó un mensaje a Héctor.
[Catalina]: ¿No dejaste ninguna prueba, verdad?
Pasó buen rato antes de que Héctor respondiera.
[Héctor]: Tranquila, hermana, yo siempre soy cuidadoso con esas cosas. Además, puse a alguien de mi entera confianza para encargarse de eso.
Al ver la respuesta de Héctor, Catalina por fin pudo respirar tranquila.
No estaba dispuesta a perderlo todo en esa jugada.
Si Arturo llegaba a tener pruebas en su contra, conociéndolo, seguro la empezaría a chantajear otra vez.
Sin embargo, por alguna razón, Catalina seguía sintiéndose inquieta.
[Catalina]: ¿Estás cien por ciento seguro de que nadie puede atar cabos?
[Héctor]: Obvio. Ándale, hermana, relájate, si algo hubiera salido mal, Arturo ya habría venido a buscarte. Él no es de los que pueden quedarse callados si sospechan de algo.
Catalina leyó el mensaje de Héctor y, tras pensarlo un poco, se convenció de que tenía razón.
Por fin pudo dejar de preocuparse.
No importaba lo que dijera Arturo, a esa mujer llamada Joana, no la iba a dejar entrar a la familia Zambrano así como así.
...
Por la noche.
Mesa Secreta.
Después de varias rondas de tragos.
Isidora, con las mejillas encendidas por el alcohol, revisaba las noticias en su celular.

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