Las cámaras capturaban una ola tras otra de carros destartalados entrando al estacionamiento.
Lorenzo ya no soportaba más y dio la orden con voz tajante:
—Díganles que dejen de seguirnos.
Por mucho dinero que tuvieran, nadie quería sentirse el tonto al que le sacaban provecho.
Conmovido, Lorenzo le sirvió a Tatiana un vaso de agua tibia en la mesa privada.
—Tatiana, no te preocupes. Aunque no haya nadie más, yo siempre estaré a tu lado.
Tatiana aún tenía los ojos húmedos. Al recibir el vaso que Lorenzo le pasó, sintió que el corazón se le aliviaba.
—Lorenzo, eres la única persona en el mundo que de verdad me quiere. Todo lo bueno que has hecho por mí lo llevo bien presente. No quiero ni imaginar cómo sería mi vida si te perdiera.
Lorenzo sintió que algo le recorría el pecho, cálido y poderoso.
—Tranquila, Tatiana. Todo lo que quieras, yo te ayudaré a conseguirlo.
Tatiana asintió emocionada, con un destello de ilusión en los ojos.
—Entonces, ¿puedo pedirte esa pluma que está abajo? A Joana le encanta dibujar. Si se la regalo, capaz y así se le pasa el enojo.
Lorenzo le acomodó un mechón de cabello con ternura.
—Tatiana, sí que tienes un gran corazón.
Aunque el maquillaje de Tatiana se había corrido un poco por el llanto, su atractivo seguía ahí, perfectamente enmarcado en cada detalle de su rostro.
Si hubiera podido, Lorenzo habría preferido ser él quien la ayudara a cambiar su vida en el pasado.
Así, al menos, no le habrían dejado pruebas a esos inútiles para hacerle una trampa luego.
Tatiana le sonrió con una inocencia encantadora.
—Nada que ver, Lorenzo. A tu lado, todavía me falta mucho por aprender.
...
Por fin, la pluma que Joana Dafne tanto anhelaba apareció en el escenario.
El precio inicial era de diez mil pesos.
Joana echó un vistazo a la sala; nadie levantó la paleta.
En ese círculo de magnates donde lo normal era comenzar las pujas en cientos de miles, esto no era nada raro.
De hecho, para Joana, eso era una bendición.
Su mirada se clavó en el objeto exhibido en la tarima, segura de que era la que su abuelo le había regalado.
Levantó la paleta.
—Once mil.
El martillero, que casi daba por descartada la venta, recuperó el ánimo de inmediato.
Que de repente alguien ofreciera cien mil, y encima dos personas a la vez, dejó a todos boquiabiertos.
Por esa cantidad, cualquiera podía comprarse una pluma diez veces mejor.
Joana vio que el ocupante del box de al lado se puso claramente nervioso.
Tras hacer una llamada, volvió a entrar en la puja.
Los otros dos que ofrecían más eran el número 1 y el número 12.
El número 12 era el secretario de Fabián.
Los ojos de Joana brillaron con decisión.
Si la pluma terminaba en manos de él, prefería que no se vendiera.
El box número 1 estaba representado por personal de la casa de subastas, transmitiendo ofertas en tiempo real. No se sabía quién estaba detrás.
Tres partes peleando por una sola pluma.
El martillero, exaltado, casi se quedaba sin voz.
—¡Número 12, quinientos mil a la una! ¡Número 12, quinientos mil a las dos!
—Un millón.
Un silencio aplastante cayó sobre la sala.

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