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Cuando el Anillo Cayó al Polvo romance Capítulo 308

Las cejas de Joana se fruncieron con fuerza, como si una tormenta le recorriera por dentro.

El monto más grande apareció justo cuando nacieron los dos niños: los registros mostraban que le habían transferido casi cien millones de pesos a su tío.

De cara al público, Benjamín se presentaba como un simple profesor universitario. Pero por detrás, ya había aceptado inversiones del Grupo Rivas y montado una pequeña empresa. Y cada año, esa empresa generaba más de diez millones de pesos.

Joana temblaba de rabia, apenas lograba controlar el temblor de su cuerpo.

Lo que más la enfurecía era que, aunque tenían dinero y ahorros, año tras año se hacían los necesitados frente al abuelo, sacándole lágrimas y compasión. El abuelo, duro de palabra pero blando de corazón, no podía soportar verlos en apuros y siempre terminaba ayudándolos, aunque dijera que ya no lo haría. Decía que se alejaba, pero en el fondo les seguía tendiendo la mano a esa bola de sanguijuelas.

Jamás se imaginó que, a escondidas, ellos ya vivieran mucho mejor que la mayoría. Y para colmo, seguro que regalaban las pinturas que el abuelo hacía con tanto esmero a algún socio sin escrúpulos, todo para quedar bien.

—¡Ese Benjamín… te juro que lo voy a destruir! —masculló Joana, los ojos inyectados de furia.

Sebastián también había visto los movimientos en las cuentas; sus venas se marcaban en el cuello y los brazos de la tensión.

Joana lo agarró de la muñeca, deteniendo al hombre dispuesto a todo por la justicia familiar.

—Hermano, no vale la pena que te arruines la vida por ese tipo.

Cuando hicieron las transferencias, fue a nombre de ella y del abuelo, pero las tarjetas estaban ligadas a las cuentas de ellos mismos. Se creían astutos, pero al final su propia trampa los atrapó.

Si quería cerrar las empresas a su nombre, ¿qué le impedía hacerlo?

Sin dudarlo, Joana ordenó liquidar a precio de remate la empresa fachada que la familia Osorio tenía bajo control. Y no solo eso, todas las transferencias del Grupo Rivas para Benjamín empezaron a bloquearse y retornarse una por una.

No pasó mucho tiempo antes de que todas esas tarjetas quedaran inutilizadas.

Joana, usando la autoridad de sus empresas, bloqueó cualquier retorno de inversión. Cerró de golpe todas las puertas.

...

Benjamín se enteró de todo mientras cenaba con unos amigos, en una velada de esas para recordar viejos tiempos.

Benjamín pensó que tal vez Diego estaba enfermo, y el miedo se le metió hasta los huesos.

—Si el abuelo se enferma, nos quedamos sin cuadros y sin nada —susurró, casi para sí.

—No lo creo —le reviró Graciela, con cara de pocos amigos—. Si en tantos años no le ha pasado nada, dudo que esta vez nos necesite a su lado. Si algo grave tuviera, ya te habría llamado para que estuvieras ahí, como buen hijo al pie de la cama, limpiando y cuidándolo.

Diego nunca la había tragado, y Graciela tenía bien presente cada desprecio.

Benjamín también captó la indirecta.

—¿No será que Joana volvió a meterse en un lío? —aventuró.

Ambos se lanzaron una mirada cargada de sospecha.

Al ver que las empresas bajo su nombre estaban en problemas, lo primero que hicieron fue buscar a Fabián. Solo que quien contestó fue la secretaria, avisando que estaba fuera del país.

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