—¿Y qué? ¿Ya le mencionaste lo de cederle las acciones?
En el estacionamiento subterráneo, el tipo tenía un aire sombrío, la piel tan pálida que parecía enfermo.
Aunque no era la primera vez que Tatiana veía a Valentín Rivas, no pudo evitar sentir un escalofrío recorriéndole la espalda.
Desde que Fabián despertó con amnesia, ese primo que la familia Rivas casi había desterrado, Valentín, se apareció buscándola.
Y no fue para ayudarla, sino para chantajearla con su pasado: usó fotos comprometedoras de su boda en el extranjero y algunas imágenes vergonzosas de su etapa en el club nocturno.
Durante todo ese tiempo, Valentín no dejaba de presionarla para que consiguiera el documento de transferencia de acciones firmado por Fabián.
Tatiana tenía sus propios planes, así que intentó seducir y apurar a Fabián para casarse con él lo más rápido posible.
—No es tan sencillo —resopló, bajando la voz—. Fabián perdió la memoria, pero no es ningún idiota. Sigo buscando el momento adecuado.
La mirada de Valentín se volvió aún más turbia, como si una sombra se deslizara por sus ojos.
—Tatiana, no me vengas con tus jueguitos. Yo no soy como Fabián, que se deja manipular por cualquier mujer. Más te vale que te apliques. Si no, no tengo problema en que todos vean ese video tuyo con el viejo extranjero en la cama.
Sus ojos parecían los de una serpiente, pegajosos y llenos de mala intención.
Tatiana empezó a sudar frío, incapaz de sostenerle la mirada.
—Lo sé, pero Fabián regresó de improvisto. Ni siquiera tuve chance de casarme afuera. Además, Joana ya se topó con él. Tienes que jurarme que vas a hacerte cargo de ella cuanto antes. Si no, puedes revelar todos mis secretos, pero igual no voy a poder hacer lo que me pides.
Valentín la observó en silencio, soltando una risa sarcástica.
Con el dedo le acarició el cuello pálido y, de repente, lo apretó con fuerza.
—Lo que más odio es que me quieran amenazar.
Los ojos de Tatiana se abrieron de par en par. Golpeó su brazo con desesperación, pero la diferencia de fuerza era abismal: era imposible zafarse.
Pasó un rato, hasta que estuvo a punto de asfixiarse, y Valentín la soltó. Le sostuvo la cara con la mano, su mirada tan impasible como el mármol.
—Haz bien lo que te toca y consigue la firma de Fabián cuanto antes. Todo lo que quieres, lo tendrás.
Tatiana se obligó a no desmoronarse, pero su cuerpo temblaba sin control.
Sabía que Valentín no había sido desterrado solo por acosar a una empleada.
Las malas lenguas decían que esas manos ya habían matado a alguien.
Si alguien sabía la verdad sobre su historia con Joana, era él.
El hombre se sobresaltó, dudando.
—Señor Fabián, ¿acaso la señorita Joana le dijo algo?
Fabián le lanzó una mirada rápida y contestó con indiferencia:
—No, solo me da curiosidad.
Andrés asintió, aunque se notaba incómodo, como si estuviera pisando terreno peligroso.
—La verdad, usted nunca fue amable con la señorita Joana. Siempre la trató de manera distante. Más bien, era ella quien lo buscaba a usted, aprovechándose del niño para que usted dejara reuniones importantes y corriera a verla...
Andrés empezó a contarle varios detalles de la convivencia entre ellos.
Todo pintaba un panorama nada agradable.
A medida que escuchaba, el ceño de Fabián se fue endureciendo, y la expresión se le volvía cada vez más sombría.

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