—Ah, ¿no quieres ir? —Lisandro mostró todos sus dientes, blanquísimos, con una sonrisa pícara—. Mamá, Dafne dice que no quiere ir. ¡Llévame solo a mí, no pasa nada!
—¡Oye! ¿Quién dijo que no voy? —le soltó Dafne, alzando la voz—. Si te vas tú solo con mamá, capaz que te esconde y nunca deja que veas a papá. ¡Voy a ir para vigilarte, no vaya a ser que te venda y encima le ayudes a contar el dinero!
Lisandro arrugó la frente con fastidio.
—Dafne, si en el fondo te mueres de ganas de ir, ¿por qué hablas así de mamá?
—¡Eso no es cierto! —se defendió Dafne, pero el rubor en su cara la delató. Fingió estar molesta—. Desde que regresaste, mamá ya te lavó el cerebro. Yo sí tengo que estar atenta, no vaya a ser que te lleve por el mal camino. ¡Yo también quiero ir al parque de diversiones!
Ni loca iba a admitir que, igual que su hermano, extrañaba a su mamá. No pensaba acercarse tanto, como tonto, solo porque la extrañaba.
En su cabeza, la mamá ideal era la señorita Tatiana: guapa, segura, todo lo contrario a Joana.
Dafne miró a Lisandro con la cara inflada por la rabia.
...
Cuando Vanessa Rivas supo que Joana iba a llevarse a los dos niños al parque, soltó el aire con alivio.
Por fin tendría un respiro.
Nadie imaginaba lo pesado que había sido cuidar a esos dos diablillos en Estados Unidos durante meses.
Tatiana Salgado hablaba muy bonito: que los iba a tratar como si fueran sus hijos, que no les faltaría nada... Al final, ni una comida les preparó a los niños.
En la escuela y en la casa, cualquier cosa relacionada con ellos terminaba en sus manos.
Ya ni recordaba a qué se dedicaba en realidad.
Si no fuera porque su papá le prometió abrirle una empresa solo para ella a cambio de cuidar a esos niños por un tiempo, jamás habría aceptado ese paquete.
Antes, escuchar que Joana se hacía cargo de los niños le parecía lo normal.
Ahora, sentía que hasta un milagro le habían hecho.
Nada más salir del aeropuerto, Vanessa contactó a Joana. Llevó a los niños directo hasta la puerta, como si los estuviera entregando a domicilio.
Joana se sorprendió de su rapidez.
—No hace falta —repitió Joana, tomando a los niños de la mano y llevándolos al departamento.
Para su sorpresa, esta vez ninguno de los dos protestó como antes.
—Antes de las seis los regreso a la casa —aseguró Joana.
—Está bien.
Lisandro no pudo ocultar la emoción al sentir la mano de su mamá. La sonrisa se le escapó aunque intentó disimularla.
—Mamá, ¿cuándo vamos al parque de diversiones? No quiero presionarte, la verdad no importa si no vamos, con que estemos juntos me basta.
Mientras tanto, Dafne miró su mano, atrapada por la de Joana.
La mano de mamá seguía igual: suave, oliendo rico, como antes.
Pero no pensaba dejar que se notara que le gustaba. Se esforzó en hacer una mueca de fastidio.
Justo cuando pensaba zafarse, Joana soltó su mano primero.

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