—¿Ah, sí? Cuéntanos con detalle —pidió Sabrina, mostrando interés.
Los presentes se miraron y soltaron una carcajada cómplice.
Resulta que, tras el viaje a Egipto, Jimena se alió directamente con Hernán y reunió todas las pruebas de las cosas turbias que él había hecho durante estos años. Las denunció de una sola vez.
De hecho, la fortuna de la familia Arroyo tampoco había surgido precisamente de cosas limpias.
Cristian Arroyo, en los últimos años, había prohibido tajantemente que sus hijos y nietos se metieran en asuntos ilegales, intentando limpiar el nombre de la familia.
Pero cuando todo salió a la luz sobre Hernán, le cortaron de tajo cualquier posibilidad de heredar.
Hasta en lo que respecta a la herencia de acciones, apenas le tocaría una miseria.
Y justo cuando estaba en su momento más vulnerable, Jimena le terminó.
Aunque en público Hernán seguía siendo el “señor Hernán”, ya le habían quitado la administración de todas las empresas. Lo único que le quedaba era su nombre, porque ya no tenía nada más.
—Bien merecido —dijo Sabrina, llevándose la mano al vientre, con una expresión de alivio y placer—. Ese desgraciado se lo ganó. Todo lo que hizo en el pasado, ahora le está pasando la factura.
Jimena, divertida, se sirvió una copa de vino.
—Todavía quería ir a suplicarle a su “diosa” Tatiana —se burló—. Pero ella ni lo recibió. Y cuando se dio cuenta de eso, vino a buscarme solo para pasar días enteros hablando pestes de Tatiana frente a mí.
Joana soltó un suspiro, sacudida.
A veces, cuando uno se encuentra de cara con sus propios intereses, se da cuenta de que los sentimientos profundos son tan frágiles como una copa de cristal.
Ahora Hernán estaba como perro sin dueño, aferrándose a los sueños que Tatiana le había vendido.
Pero cuando esos sueños se rompieran, ese tipo de personas solo sabrían desquitarse con más saña.
En ese instante, la recepcionista apareció corriendo, con un ramo de rosas rosadas en brazos.
—¡Jefa, alguien la busca!
—Ah, y también hay uno para la señorita Sabrina —anunció, agitada.
Joana alzó una ceja y cruzó miradas con Jimena.
A esa hora, casi todos sus conocidos estaban ahí.
¿Quién más podría haber regresado?
Salieron juntas a la entrada.
Ahí, junto a la puerta, estaba Lorenzo Fajardo, a quien no veían desde hacía tiempo.
—Señorita Joana, cuánto tiempo sin verla —saludó Lorenzo.
¿Le remordía la conciencia ahora?
Dadas las circunstancias, Joana no pensaba invitarlo a pasar a su estudio ni nada por el estilo.
—Señor Lorenzo, ¿hay algo más que quiera decir?
Lorenzo abrió la boca para responder, pero no alcanzó a decir nada.
De repente, Hernán, que había estado esperando en el carro, bajó tambaleándose.
Llevaba encima un fuerte olor a alcohol y el rostro enrojecido de una mezcla de ira y vergüenza.
—Jimena, Jimena, no puedo vivir sin ti, Jimenaaa...
Caminó a trompicones hacia Jimena, a punto de desplomarse en cualquier momento.
Jimena, que hasta hace un segundo reía con el chisme, perdió la sonrisa de golpe.
—Hernán, creo que ya te lo dejé claro: lo nuestro se terminó. Ya no estamos juntos.
La frialdad de Jimena fue como un balde de agua helada en medio del escándalo.
—¡No lo acepto! ¡No acepto terminar contigo! Me costaste muchísimo trabajo, ¿y ahora así de fácil quieres largarte? ¡Ni lo sueñes!

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