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Cuando el Anillo Cayó al Polvo romance Capítulo 418

Después de salir del hospital, Fabián se sentía como si flotara en una nube espesa: todo a su alrededor le parecía borroso y distante.

Por otro lado, el detective privado que Tatiana había contratado para seguir a Fabián le envió unas fotos donde aparecía reunido con Joana en el hospital.

—¿De verdad fue a ver a esa mujer, a Joana? —exclamó Tatiana, apretando el celular entre los dedos.

Al mirar las imágenes, Tatiana sentía cómo la rabia se le mezclaba con un resentimiento que no terminaba de desaparecer. No entendía por qué, si Fabián ya había perdido la memoria, seguía enredado con esa mujer.

¿Será que Fabián la amaba de verdad? ¿O todo era puro teatro de su parte?

Tatiana respiró profundo, intentando calmarse. Sus ojos, sin embargo, destilaban veneno cuando marcó el número que ya tenía en mente.

—¡Muévanse ya! Ya no pienso esperar —ordenó con voz cortante.

Mientras Fabián seguía en el extranjero, Valentín regresó junto a Hugo Rivas para reincorporarse al Grupo Rivas.

El viejo ya se hacía de la vista gorda, permitiendo que las cosas avanzaran como si nada pasara.

Solo necesitaban conseguir las acciones de Fabián, y en la próxima junta de accionistas, Valentín se convertiría en el nuevo heredero del grupo.

Sobre todo ahora que Fabián y Joana ya estaban divorciados, su ventaja se había desvanecido por completo.

Al colgar la llamada, Tatiana se apresuró hacia las oficinas del Grupo Rivas.

Dejó discretamente los documentos que había preparado sobre el escritorio de Andrés.

Andrés los tomó y los mezcló sin titubear entre los papeles que requerían firma.

Tatiana, aún inquieta, le susurró:

—Que todo quede limpio.

Andrés la miró con seriedad, asintiendo.

—Lo tengo claro.

...

Por su parte, Joana se enteró por Ezequiel de que la familia Zambrano había llevado a Arturo a un hospital en Estados Unidos.

Con el corazón en la mano, reservó el primer vuelo disponible. Tras una larga travesía, llegó a la clínica que Ezequiel le había mencionado, solo para descubrir que Arturo ya no estaba ahí.

Se asomó al cuarto de Arturo y vio, sobre la mesa de noche, el reloj que él solía llevar siempre.

No sabía a dónde lo habían llevado, pero ese pequeño detalle le indicó que al menos no se había equivocado de lugar.

Joana dejó el ramo de flores sobre la mesa, dispuesta a esperar su regreso.

De repente, escuchó a dos enfermeras extranjeras —una rubia y otra morena— platicando animadas en inglés por el pasillo.

Al menos, pensó, debía verlo con sus propios ojos.

Pero justo al llegar a la entrada del salón, sus pasos se sintieron pesados como si llevara piedras en los zapatos.

No se atrevía a cruzar el umbral.

Hasta que la banda que ambientaba el evento empezó a tocar una melodía romántica, suave pero llena de alegría.

Un haz de luz iluminó el interior de la capilla, permitiendo que Joana viera perfectamente la escena.

Entre las velas que titilaban, Esther sostenía un ramo de rosas. Su maquillaje era tan radiante que opacaba cualquier flor.

Llevaba puesto un vestido de novia blanco con cola larga, justo uno de los diseños que Joana había creado para su colección de bodas.

Esther, a pesar de odiar las ataduras, había elegido el vestido más elaborado de todos.

Joana sintió que una tormenta de emociones le revolvía el alma.

¿Así que Esther era la que iba a proponer matrimonio hoy?

En ese instante, los ojos de Esther brillaban llenos de amor. Miraba al hombre frente a ella, y sin dudarlo, se arrodilló sobre una rodilla.

—Arturo, te he esperado tantos años… Solo quiero un lugar en tu corazón. No soy buena con las palabras, pero la neta me gustas mucho y haría lo que fuera por ti… ¿Te casarías conmigo?

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