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Cuando el Anillo Cayó al Polvo romance Capítulo 438

En toda la mañana, ya habían vendido cerca de cinco mil piezas. Las ventas iban viento en popa.

El director Agustín no podía ocultar su entusiasmo.

—¡Esto de las transmisiones en vivo es una maravilla!

Hasta en la hora de la comida, el señor seguía transmitiendo, sin querer desconectarse ni un segundo.

Joana lo acompañaba en todo momento.

[¿Mamá, hoy qué vas a comer de rico?]

[¿Además de la asistente hay más mujeres en la transmisión?]

[¡Obvio! ¿O qué, le vas a decir mamá al director Agustín?]

[Bro, ya te pasaste de descarado.]

[¡Afuera los que andan de coquetos! ¡Aquí solo hay buena vibra! ¡La asistente es de todos!]

A la hora del descanso, Dafne entró a la transmisión que su mamá había compartido en publicaciones.

Pero apenas entró, la sacaron de la sala.

Dafne se enojó muchísimo.

—¿Por qué me sacaron? ¡Ya le pedí perdón a mamá! ¿Todavía está enojada conmigo? —y rompió en llanto, sin poder controlarse.

Lisandro estaba en el estudio leyendo, pero los gritos de su hermana le llegaron hasta el otro cuarto.

Fue a ver qué pasaba y tomó el celular de Dafne, frunciendo el ceño.

—¿Te bloquearon la cuenta? ¿Qué hiciste?

—Yo no... No hice nada. Solo... Solo quise ver la transmisión de mamá, —sollozaba Dafne, con el pecho agitado.

Lisandro, de pronto, se animó:

—¿Mamá está transmitiendo?

Sacó su celular de inmediato, buscó la transmisión y escribió en el chat:

[Mamá, soy yo.]

Un segundo después, su cuenta también quedó bloqueada.

Lisandro se quedó pasmado.

Al arrancar la transmisión de la tarde, ya habían vendido ocho mil pedidos y, sumando algunos pedidos al mayoreo de tiendas y la fábrica, la cifra total superaba las diez mil piezas. Nada mal para un primer día.

—Joana, esta vez te lo debo todo. Sin ti, no sé qué hubiera hecho con tanta mercancía. ¡Gracias por no guardarme rencor por lo de antes! —el director Agustín tenía los ojos húmedos de agradecimiento. Ahora que ya había hecho los pedidos, se sentía renovado.

Joana, arreglando la ropa en los percheros, le sonrió con esa mirada astuta que la caracterizaba.

—Fue cuestión de suerte, director. La verdad es que usted es el que tiene el talento. Si no, la gente no se habría quedado tanto tiempo en la transmisión.

Muchos clientes ya habían hecho su pedido desde temprano, pero seguían en el chat animando el ambiente y atrayendo a más espectadores.

El director Agustín bajó la cabeza, algo avergonzado.

—Ay, Joana... Ya lo decidí: no importa cómo nos vaya con estas ventas, te voy a cumplir todo lo que te prometí. Mientras la fábrica siga de pie, siempre tendrás prioridad y descuento en tus pedidos.

Joana se alegró.

—No hace falta, señor Agustín. Más adelante podemos manejar los precios normales. Mientras tengamos producto asegurado, no faltarán clientes.

Si lograban vender esas cien mil piezas, la fábrica podría volver a la normalidad.

Y cuando su propia marca saliera al mercado, al menos ya tendría un aliado confiable para los modelos de prendas listas para entrega.

—Joana... —el director Agustín de pronto dudó—. Hay algo que quiero contarte. En realidad, si hubiera apretado un poco, la fábrica sí podía cumplir con tu pedido. Pero una empresa de Norteamérica me buscó y me ofreció una compensación diez veces mayor si cancelaba tu contrato. Ellos mismos pagaron tu penalización. Si después de eso no encontraste más fábricas que quisieran trabajar contigo, probablemente fue por culpa de ellos también.

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