—¿Ya no queda nada?
Andrés había investigado antes de venir: esa fábrica de ropa se había quedado con un pedido cancelado de cien mil suéteres de lana.
¿En solo dos días ya se habían agotado?
El personal de ventas de la fábrica, con una sonrisa de oreja a oreja, respondió:
—Así es, reservamos un lote para las ventas en línea. Las quinientas piezas que usted encargó siguen siendo parte de la preventa, estarán listas el próximo mes.
Andrés sentía que el mundo se había vuelto de cabeza.
Si lo hubiera sabido antes, habría comprado también las quinientas piezas de ayer.
Con lo terco que era Fabián, si devolvía ese pedido de preventa seguro que iba a haber problemas.
—Uf, menos mal que me apuré. Alcancé a comprar tres mil piezas de las que tenían en bodega —comentó Ezequiel, que estaba firmando unos papeles al lado.
Andrés volteó a ver a ese joven, le resultaba vagamente conocido.
Pero acordándose de las dos mil piezas que Fabián le había encargado, no le quedó más remedio que armarse de valor y acercarse.
—Hola, tengo una propuesta de negocio. ¿Platicamos?
...
—¡Gracias, Sr. Rodrigo! Si sale otra oportunidad así, avíseme, ¿eh? ¡Nos vemos!
Ezequiel agitó el contrato con entusiasmo, despidiéndose de Andrés con una gran sonrisa. Por dentro, estaba más que complacido.
—Vaya, esto sí que salió a pedir de boca —pensó Ezequiel para sí mismo.
Lástima que hoy no estuvo en su mejor forma, solo consiguió quintuplicar el precio.
En sus mejores días, no habría tenido problema en sacar diez veces más.
Chasqueó la lengua, sacó un fajo de billetes del bolsillo y se lo entregó al tipo que acababa de ayudarle con la actuación.
—No digas nada, ¿va?
—¡Claro, claro! —contestó el otro, guardando el dinero con rapidez.
Cuando Andrés salió de ahí, apretando el contrato de los suéteres carísimos contra el pecho, ya no le quedaban ganas de reír.
[¡Este suéter es perfecto para las oficinas con aire acondicionado en verano! Es suave y ligero, ni se siente que lo traes puesto. ¡Se lo recomiendo sobre todo a chicas en sus días o a futuras mamás!]
Los mensajes en el chat de la transmisión no paraban de aparecer.
Joana notó, para su sorpresa, que ni un solo mensaje negativo se asomaba.
En realidad, cuando había dicho que demandaría a los trolls, solo quería asustar a algunos para que no se pasaran de la raya.
¿Quién la estaría ayudando tras bambalinas?
Mientras Joana pensaba en eso, la voz emocionada del director Agustín volvió a escucharse.
—¡Ah, muchas gracias a Sr. Fabián por los diez súper cohetes! ¿Son para la asistente? ¡Perfecto, perfecto!
—¡Y gracias a DonPapaya por los veinte carnavales! ¿También para la asistente? ¡Por supuesto!
Joana se quedó pasmada.
Al mirar su celular, vio que esos dos usuarios competían a lo grande enviando regalos digitales, como si estuvieran peleando a distancia.

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