—¡Oye! ¿A dónde crees que vas? ¡Deja eso ahora mismo!
Ángela salió disparada tras Joana, alzando la mano para soltarle un golpe.
Pero Joana, que ya lo veía venir, se hizo a un lado con agilidad. El manotazo terminó cayendo directo en la cara de Tatiana, que estaba justo al final.
Aunque llevaba cubrebocas, el golpe de Ángela cayó con toda la fuerza posible, haciéndole zumbar la cabeza a Tatiana y dejándole la mejilla ardiendo.
Por la inercia, Tatiana terminó cayendo al suelo con Ángela encima.
—¡Ay! —exclamó Tatiana, mareada y adolorida.
—¡Maldita sea! —Ángela, fuera de sí, le soltó otro manotazo a Tatiana—. ¿Qué te pasa? ¡¿Para qué te quedas ahí como poste?!
Renata miraba la escena con el corazón en un puño.
¡Su nieta! ¡Su querida nieta!
—¡Ángela, levántate de ahí! ¡Apúrate y déjala en paz!
Renata corrió lo más rápido que pudo, aunque las piernas apenas la sostenían.
—Señora, me duele mucho el estómago —susurró Tatiana, con lágrimas en los ojos, llevándose las manos al abdomen.
¡Maldita mocosa! —pensó entre dientes—. ¡Qué bruta para pegar!
Si no fuera por el cubrebocas, seguro le habría desfigurado la cara.
Renata apartó a Ángela de un empujón.
—Tatiana, ¿estás bien? ¿Te duele mucho la panza?
Tatiana negó con la cabeza, las lágrimas rodando por sus mejillas.
—Estoy bien, fue un accidente. Joana se movió de repente y yo no alcancé a reaccionar. Ángela me pegó sin querer.
—¡Joana, ni se te ocurra irte! ¿Crees que puedes largarte como si nada después de lo que hiciste?
Renata se puso de pie, furiosa, gritando hacia la espalda de Joana.
—¡Yo también lo vi! Si esa chica no se hubiera hecho a un lado, Tatiana jamás habría recibido el golpe.
—¡Es muy astuta! No podemos dejar que se salga con la suya.
Entre el montón de gente, varias personas se pusieron en medio del camino de Joana, como si quisieran impedirle el paso.
Joana levantó la mirada, encontrándose con dos chicas: una llenita y otra más delgada, las mismas que andaban inventando chismes y criticándola hacía un rato.
Ángela, esperando una disculpa de Joana, solo pudo ver cómo la pulsera cambiaba de dueña frente a todos.
—¡Oye! ¡Malnacida! ¡Estás loca! ¡Eso era mío!
Ángela se arremangó la camisa y fue corriendo directo hacia la chica de blanco, queriendo arrebatársela.
Apenas estiró la mano, Joana se la apartó de un manotazo, haciéndola retroceder varios pasos.
Ángela la miró incrédula.
—¿Te atreviste a pegarme? ¡Eres una desgraciada! ¡Te voy a destruir!
Lanzó la mano para golpear a Joana.
Pero antes de que pudiera tocarla, Joana le sujetó la muñeca de un movimiento rápido.
—Si tus papás no te enseñaron a comportarte ni a hablar con respeto, yo puedo hacerlo por ti.
La mirada de Joana era tan cortante como una navaja, como si pudiera atravesar la piel y los huesos de Ángela.
Por primera vez, Ángela sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¡Suéltame! ¡Suéltame!

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