Joana, preocupada de que los dos terminaran a los golpes, se apresuró a interponerse entre ellos.
—¿Qué pasa aquí?
Fabián, todavía tembloroso por la tensión, soltó sin pensar:
—Joana, te juro que yo no sabía lo que mi tío estaba tramando por detrás. Si hubiera sabido que pensaba usarte para conseguir recursos para la empresa, ¡te juro que lo hubiera detenido!
Joana se quedó helada a mitad de camino, como si la sangre le hubiera subido de golpe y se le congelara el cuerpo.
Aunque ya conocía de sobra la ambición y la falta de escrúpulos de la familia Rivas, escucharlo salir directamente de la boca de Fabián le revolvió el estómago. Una sensación de asco y desamparo le apretó el pecho, haciéndole difícil hasta respirar.
Miró al hombre al que alguna vez había amado. En sus ojos, la decepción que antes la consumía desapareció, reemplazada por una mezcla de repulsión y extrañeza.
—¿De verdad crees que ellos habrían llegado tan lejos sin tu consentimiento? Fabián, tú no eres ningún inocente.
—Joana, por favor, déjame explicarte. Yo en serio no… —Fabián sintió que el dolor en el pecho lo partía, al ver esa mirada ajena en los ojos de Joana.
Intentó acercarse, pero Joana lo apartó de un golpe con su bolso.
—¡Lárgate! No quiero volver a verte.
Los ojos de Joana brillaban, a punto de romper en llanto, pero su voz fue un puñal helado. Se dio la vuelta con firmeza y entró directo al edificio.
Fabián sabía que debía ir tras ella, pero sentía los pies pegados al suelo, pesados como si le hubieran echado plomo. El corazón le latía con tanta fuerza, que parecía que una mano invisible se lo apretaba sin piedad.
Y de repente, la tristeza se transformó en rabia.
—¿Esto era lo que buscabas? ¿Hiciste todo esto a propósito? ¿Viniste a decirle estas cosas en mi cara solo para arruinar todo? ¡¿Eso querías?! —Fabián apuntó con la mirada al hombre que se mantenía en la sombra.
El hombre le respondió con una sonrisa burlona y arrogante, como si todo le causara gracia.
—¿Inventos míos? —Arturo entornó los labios, con una mueca desdeñosa—. No te molestaste en averiguar nada y aun así fuiste el primero en disculparte. En el fondo, tú mismo sabes que tu familia es capaz de hacerle eso a Joana, ¿no es cierto?
—¡Arturo, esto es una trampa tuya!
Fabián, fuera de sí, le lanzó un puñetazo. Arturo ya lo esperaba y, con una patada certera, lo mandó directo a los escalones.
—Tú y tus justificaciones —soltó Arturo, mirándolo desde arriba—. ¿De verdad crees que son tan inocentes? Puedes engañar a todos los demás, pero no te engañes a ti mismo. Cada persona que tienes cerca está acabando con ella poco a poco.
Arturo se inclinó, mirándolo con desprecio.
Fabián entreabrió los ojos y, en su visión borrosa, vio una silueta conocida.
—Joana… llegaste, Joana… —murmuró, perdido, aferrándose a la mano de Tatiana como si temiera que se esfumara.
El gesto le torció la cara a Tatiana.
Pero antes de que pudiera decir algo, Fabián la jaló hacia la cama con él, sujetándole el hombro con fuerza.
—Joana… yo nunca te he fallado. Todo lo que pasó es culpa de Arturo… La única que amo eres tú, solo tú… —decía Fabián, arrastrando las palabras con la voz pesada por el alcohol.
Tatiana apretó el vaso de agua con limón, sintiendo un ardor de celos que le subía por la garganta.
Se obligó a tragar su enojo, y, imitando la voz dulce de Joana, le susurró:
—Fabián, toma primero este agua con limón, ¿sí? Te va a ayudar a bajarte la borrachera.
Fabián, entre la neblina de la embriaguez, creyó ver de nuevo a aquella mujer que siempre lo esperaba en casa, tras largas noches de trabajo y cenas de negocios.
—Sí… hago lo que tú digas —murmuró, agarrando la mano de Tatiana, tomó el vaso y se lo bebió de un trago.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cuando el Anillo Cayó al Polvo