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Cuando el Anillo Cayó al Polvo romance Capítulo 489

Al ver esto, Tatiana apretó tanto los puños que las uñas se le clavaron en la palma.

—Ja, vieja bruja, ni tu hijo te sirve y aun así esperas que tu nieto te saque del apuro.

Lisandro tampoco valía la pena. Siempre jugando a dos bandos.

Tatiana pensó con amargura en cómo había sido tan buena con él antes, solo para que ahora se vendiera tan fácil a Joana.

—Dafne, estoy bien. Ve y pídele disculpas a la señora, y ya, todo esto se olvida. No lo voy a tomar en cuenta —dijo Tatiana, acariciándose el vientre y lanzándole a Dafne una sonrisa retadora, a propósito.

Dafne ya de por sí se sentía mal, pero la bronca le ganó al dolor; su coraje saltó de inmediato.

—¡Yo no hice nada malo! ¡Fuiste tú la que no supo pararse! Si de verdad te hubiera empujado, ni siquiera tendrías ese bebé.

—¡Dafne! ¿Cómo puedes decir eso? —Tatiana fingió estar impactada, con cara de herida—. Aunque todavía no nazca, ya es una vida.

—¡Tú eres una mala persona! ¡No te mereces tener un hijo de mi papá! —gritó Dafne, fuera de sí.

—¡Ya basta, Dafne! —Renata, que hasta ese momento había intentado mantenerse serena, explotó—. Se nota que en esta casa te hemos consentido demasiado. ¡Mira nada más las cosas tan venenosas que eres capaz de decir a tu edad!

Se giró hacia la empleada y ordenó:

—Llévala a su habitación. Que no salga hasta que quiera recapacitar y pedirle perdón a Tatiana. Solo cuando entienda lo que hizo la dejas salir.

Lisandro intentó intervenir.

—Abuelita, no puedes...

—Lisandro, sé que te duele ver a tu hermana así, pero se pasó de la raya. Si no la enderezamos ahorita, un día va a pasar una desgracia y será la vergüenza de la familia Rivas —dijo Renata, sin dejarle espacio para objetar.

Dafne levantó la cara, terca, negándose a pedir perdón. Por un instante, su expresión se parecía mucho a la de Joana.

Renata, al verla, solo sintió más rabia.

—¿Qué esperan? ¿No escucharon lo que dije? ¡Muévanse!

...

Dafne fue escoltada hasta su cuarto. Le quitaron el celular, dejándola incomunicada, obligada a quedarse ahí para “reflexionar”.

Desde la ventana, con los ojos llenos de lágrimas, Dafne creyó ver a Joana llamándola, invitándola a acercarse. Se limpió la cara con el dorso de la mano.

Un pensamiento, al principio apenas una chispa, empezó a crecer dentro de ella.

Fue a la cocina, se preparó un vaso con medicamento para el resfriado y se arregló lo mejor que pudo.

Aunque era día de descanso, tenía ganas de pasar al estudio a ver a Lucky.

Justo en ese momento, sonó el timbre.

Abrió la puerta y vio a Arturo parado afuera, con una bolsa de desayuno en la mano.

—Te traje desayuno. Aquí hay empanadas de cangrejo —dijo, entregándole la bolsa.

Después de lo de anoche, ambos habían preferido no hablar más del tema. Joana solo le había mencionado, casi sin querer, que se le antojaban empanadas de cangrejo, y Arturo lo había recordado.

—¿Son de Dulces Guzmán? —preguntó Joana, sorprendida y contenta.

Ese local tenía tanta demanda que, aunque estaba cerca, era casi imposible conseguir algo si no llegabas temprano; siempre había filas interminables.

Joana solo había alcanzado una vez a probarlas, por pura suerte.

Arturo la miró con el ceño ligeramente fruncido.

—¿Te sientes mal?

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