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Cuando el Anillo Cayó al Polvo romance Capítulo 494

El hombre entornó los ojos y se inclinó hacia ella.

—¿Entonces me invitas tú, sí o no?

Dafne palpó el bolsillo y sintió los únicos veinte pesos que le quedaban. El hombre frente a ella no parecía tener malas intenciones ni representar una amenaza.

—¿No te da pena que una niña te invite una nieve? —Dafne levantó la cabeza y, decidida, se puso de pie—. Vámonos ya.

Héctor curvó apenas los labios, mostrando una sonrisa ladeada.

—Va.

...

Cuando Joana y Arturo llegaron al parque de diversiones, varias patrullas estaban estacionadas en la entrada.

Joana sintió que el corazón se le detenía por un instante; esa sensación de que algo horrible iba a pasar se hizo todavía más fuerte.

Atravesó el grupo de curiosos y vio cómo los policías esposaban a un vagabundo andrajoso.

—¡Qué desgracia! ¡Ni a los niños perdona! A ese tipo deberían meterlo a la cárcel para siempre —exclamó una señora entre la multitud.

—Dicen que apuñaló a más de diez niños. ¡Solo atacaba cuando los papás no estaban cerca! Y a uno hasta casi se lo lleva para hacerle cosas.

—¡Ese tipo merece que lo descuarticen! ¡Maldito sea! ¿Cómo puede existir alguien tan malvado? —gritó un hombre, furioso.

La gente que sabía lo que había pasado no dejaba de comentar, lanzando opiniones airadas y llenando el ambiente de rumores.

Joana alcanzó a escuchar algunas palabras y, de repente, las piernas le fallaron.

No podía ser.

No tenía sentido que justo ahora…

Salió disparada entre la multitud, tropezando, corriendo como podía hacia la ambulancia que estaba no muy lejos.

Arturo, con el ceño arrugado por la preocupación, no se despegó de su lado.

Los padres de otros niños heridos ya estaban llorando mientras reconocían a sus hijos.

Solo una niña de vestido rosa, con falda de princesa, seguía ahí, sin que nadie la reclamara.

Joana explicó, con voz temblorosa, que su hija se había perdido. Desde lejos, divisó ese vestido rosa tan familiar.

Era el vestido de princesa que el verano pasado Joana le regaló a Dafne por su cumpleaños. Una de las pocas prendas hechas a mano que Dafne adoraba.

Una sensación de ahogo le apretó el pecho. Cada paso de Joana era como caminar sobre cuchillas.

—Dafne… Dafne… —susurró, deseando escuchar una respuesta, pero al mismo tiempo temiendo oírla.

Mientras la ambulancia se preparaba para salir, la familia Rivas llegó a toda prisa.

Renata, al ver a la niña empapada en sangre, perdió el control.

—¡Joana! ¿En qué cabeza cabe que cuides así a una niña? ¿Qué clase de corazón tienes? ¡Pobre Dafne, le tocó la peor suerte siendo tu hija!

Se acercó hecha una furia, dispuesta a encarar a Joana.

Arturo, que estaba en pleno proceso de donar sangre, arrugó la frente y quiso intervenir, pero la enfermera lo detuvo.

—Señor, no se mueva.

—Ya basta, mamá —Fabián agarró a Renata para alejarla—. Primero averigüemos cómo está Dafne.

El doctor volvió a explicar lo grave que era el estado de la niña, y todos palidecieron.

—¡No digas que no sabías nada! —Renata forcejeó, lanzando palabras venenosas—. Si no la hubieras escondido, ¡cómo ibas a saber que estaba en el parque! Seguro fue por tu culpa que Dafne sufrió esto.

Renata, con la voz al borde del llanto, se zafó de Fabián y se lanzó de nuevo contra Joana.

—¡Eres peor que ese asesino! ¡Te lo advierto, no vuelvas a poner un pie en la casa de los Rivas!

Joana, apenas supo dónde estaba Dafne, avisó inmediatamente a la familia Rivas.

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