Los dos niños seguían envueltos en la alegría de poder vivir con su mamá, asintiendo con entusiasmo ante la propuesta.
...
Un poco más allá, Héctor, con las manos en los bolsillos, se paró junto a Arturo.
—¿Qué tal, primo? ¿Esta vez ya puedo decir que me redimí? ¿Qué tal si le bajas tantito a la presión en lo de Norteamérica?
La última vez, Héctor había ayudado a Catalina a obstaculizar el contacto de Joana con la fábrica. Pero no solo no logró frenar a Joana, sino que provocó que la familia Soto sufriera el cierre masivo de sus fábricas en América. Arturo ni siquiera había tenido que aparecer, pero Héctor ya imaginaba de quién había sido la jugada.
Arturo le retiró la mirada a Joana sin mostrar emoción, pero sus ojos grises destellaron con una amenaza apenas contenida.
—No te metas con ella. La próxima vez, no me voy a limitar a cerrar unas fábricas.
Héctor infló las mejillas, incómodo.
¿Iba en serio? Sí, seguro.
Definitivamente se había metido con alguien con el que no se debía jugar.
Disimulando su inquietud, le bajó la mirada y trató de sonar casual.
—Está bien, Arturo, somos familia, ¿para qué andar con amenazas? Por cierto, no traje carro, ¿me das un aventón más tarde?
—Consíguete cómo irte —replicó Arturo, seco.
En ese momento, vio a Joana acercarse tomada de la mano de los dos niños y, casi de inmediato, su expresión cambió para suavizarse.
—¿Listos para irnos a casa? —le preguntó con voz cálida.
Joana asintió.
—Gracias por todo.
Héctor soltó una risita al ver el cambio de actitud tan radical en Arturo.
Arturo, Arturo... Dejar ver tan fácil el punto débil nunca trae nada bueno.
—¿La señorita Tatiana los trata mal? Antes decían que la querían mucho.
Ya se imaginaba que todo tenía que ver con el embarazo de Tatiana. Quizá, desde que la noticia salió a la luz, los niños se sentían ignorados en la familia Rivas. Tal vez, acumulando resentimientos, Dafne había terminado explotando y huyendo.
Dafne hizo una mueca.
—Mamá, la señorita Tatiana es mala, ¡es una bruja!
—¿Ah, sí? —Joana bajó la mirada hacia ella—. Entonces, ¿por qué cuando se cayó Tatiana tu abuelita te castigó?
—¡Porque ella es mala! Me acusó de empujarla. La abuelita no me creyó, dijo que fui yo y me obligó a pedirle perdón.
Dafne, justo antes de decir más, decidió callar el tema del embarazo. Pensaba que, si su mamá se enteraba de que Tatiana esperaba un hijo de su papá, jamás querría volver con él. Y en el fondo, ella deseaba que sus papás no se divorciaran.
Joana miró con atención el rostro lleno de enojo de su hija y preguntó con calma:
—¿No hay otro motivo?

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