Afuera de la habitación, se escuchaba la voz de un hombre bajando el tono mientras hablaba por teléfono.
Joana, con mucho cuidado, subió a los dos niños a la cama y, de paso, les tocó la frente con la mano.
Por suerte, la temperatura de ambos era normal. No los había contagiado.
Suspiró aliviada y les acomodó bien las cobijas, asegurándose de que quedaran abrigados.
De repente, el murmullo del teléfono cesó en el pasillo.
Arturo asomó la cabeza por la puerta, levantando una ceja.
—¿Ya despertaste?
Joana bajó la mirada, sin atreverse a mirarlo de frente. Asintió despacio.
—Sí… ya me siento mucho mejor.
Sabía que seguramente había sido Arturo quien la había cuidado durante la noche.
Sin embargo, al recordar cómo él le había preguntado varias veces si se sentía mal, Joana sintió un poco de remordimiento.
Carraspeó… ella no le había dicho toda la verdad.
En ese momento, estaba tan absorta en sus pensamientos y no quería molestarlo más. Creyó que con dormir un rato se le pasaría…
Arturo la miró con resignación, casi divertido.
Entró directo al cuarto y, sin previo aviso, le tocó la frente con la palma de la mano.
—¿Todavía quieres freír un huevo en tu frente? —bromeó.
La calidez de la mano de Arturo hizo que Joana sintiera cómo le ardían las mejillas. Quiso replicar que era por culpa de él, pero le dio pena decirlo.
—En comparación con ayer, sí, ya casi no tengo nada —murmuró.
Aunque todavía sentía calor, estaba segura de que no era para tanto.
Pero Arturo no se tragó ni una palabra de su “ya estoy mejor”.
Con el dorso de la mano, le acarició la cara y la obligó a recostarse de nuevo en la cama.
—Descansa bien. No te levantes ni hagas nada.
Joana parpadeó mirándolo, con expresión de inocencia.
Arturo ocultó el nerviosismo que le provocaba esa mirada, retiró la mano y medio sonrió.
—No me mires así, hoy te toca el doble de medicina.
Los ojos de Joana se abrieron de par en par.
La medicina de ayer sí que estaba amarga.
Por eso no le había contado a Arturo que se sentía mal…
La noche anterior, cuando estaba medio dormida, Arturo le dio una taza entera. Como tenía fiebre y andaba medio ida, ni lo sintió.
Joana lo miró y, por costumbre, le tocó la frente.
—¿Te desperté?
Lisandro negó con la cabeza. Sacó lentamente una paleta de leche del bolsillo y se la ofreció a Joana.
—Mamá, si comes esto ya no te va a saber feo la medicina.
Joana reconoció el dulce. Era de esas paletas que solía guardar para convencer a sus hijos de tomar remedios cuando estaban enfermos.
No esperaba que Lisandro la hubiera guardado hasta ahora.
Sintió un nudo en el pecho, pero no tomó la paleta.
—¿Anoche fueron ustedes quienes llamaron al señor?
—Sí… Mamá, tenías mucha fiebre. Mi hermana y yo estábamos bien asustados —Lisandro apretó su cobijita, mirándola de reojo con inseguridad—. Mamá, ¿no estás enojada conmigo? Fui yo quien fue a buscar a don Arturo.
Joana tomó la paleta de sus manos y le sonrió con ternura.
—No, mi amor. Al contrario, mamá te lo agradece. ¿No te cansaste mucho?
Al escucharla, Lisandro, que había aguantado el llanto toda la noche, sintió los ojos llenársele de lágrimas.
Negó con fuerza.
—Mientras tú estés bien, yo no me canso de nada.

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