Al volver a casa, Joana no pudo evitar la curiosidad de saber cómo es que Arturo había aparecido de repente.
—Toma primero la medicina de hoy —dijo Arturo, adelantándose con ese tazón de medicina tibia en las manos.
En ese instante, toda la curiosidad de Joana se esfumó.
—¿No tomaste nada de alcohol esta noche? —Arturo la miraba fijamente, sin entregarle aún la medicina.
Joana pensó un momento, pero antes de que pudiera responder, el hombre soltó:
—Si tomaste, la medicina es doble.
—No tomé, ni una gota. Dafne y Lisandro pueden decirte que es cierto —levantó tres dedos hacia los dos niños que la acompañaban.
Lisandro y Dafne asintieron con mucha seriedad.
—¡Mamá no tomó! —afirmó Lisandro.
Arturo asintió.
—Hace rato te estaba bromeando, no puedes mezclar alcohol con medicina. Pero fuiste honesta, así que esta es la última dosis de hoy.
Joana se quedó sin palabras.
¿Quién lo diría? Un día como hoy, Arturo terminó jugándole una broma.
Pero en ese momento, ni ganas de reír le quedaron.
La medicina tradicional que Arturo le daba tenía un sabor tan amargo que sentía que era peor que cualquier castigo. Joana, resignada, se prometió no volver a enfermarse tan a la ligera.
—Entonces, ¿hoy no fuiste a la oficina? ¿Por qué apareciste de repente en el restaurante? —preguntó Joana, ya que por fin había terminado la medicina.
Solo hasta que la vio beber hasta la última gota, Arturo volvió la mirada hacia los dos pequeños que habían ido a buscarlo.
Lisandro fingió estar muy ocupado con su tableta, sin levantar la cabeza.
Dafne, por su parte, miraba por todos lados, explorando el lugar con interés fingido.
Arturo arqueó las cejas y medio sonrió.
—Digamos que lo presentí. Sentí que me necesitabas.
Joana sintió cómo se le contraía el párpado. Siguió la mirada de Arturo hacia los niños y al instante adivinó lo que había pasado.
—Patricio es hijo de una amiga mía, y desde pequeños lo he considerado como un hermano. No tiene malas intenciones, aunque a veces parezca un poco rudo.
Joana se lo explicó a Arturo, pero también a los niños que seguían atentos. Seguramente se habían asustado y por eso fueron a buscar a Arturo.
Menos mal que esta vez solo lo buscaron a él. Si la próxima vez llamaban a la policía, sí que sería un problema.
Arturo, con tono irónico, soltó:
Joana le informó a la recepcionista sobre su cita. Ella la recibió amablemente y la acompañó hasta la sala de espera.
—Señorita Joana, el carro del señor Lorenzo tuvo un pequeño contratiempo en el camino. ¿Le gustaría recorrer la oficina mientras espera, o prefiere quedarse aquí? Si necesita algo, puede llamarme.
Justo al llegar, Joana recibió un mensaje de Lorenzo explicando el retraso. Como no quería complicar a la recepcionista, decidió quedarse en la sala de espera y aprovechó para repasar los detalles de los diseños que debían discutir.
Pero el destino es traicionero. Cuando terminó de revisar los puntos clave que quería proponer, una voz sarcástica se escuchó en la sala.
—Vaya, si no es nuestra querida señorita Joana. ¿Qué pasó? Ahora que dejaste Estudio Bravura, ¿vienes a pedir limosna a Diseño Integral Rivera?
Una taza de porcelana, con una bebida caliente, fue colocada con fuerza frente a Joana.
Frunció el entrecejo y levantó la vista para encontrarse con una vieja conocida: Antonella.
Desde que perdió la competencia de diseño del Grupo Zambrano, Antonella había pasado de ser una de las favoritas a quedar marginada en Diseño Integral Rivera.
Ningún cliente quería sus diseños.
La empresa no la despidió, pero con el tiempo la fueron dejando cada vez más de lado.
Solo cuando llegó el nuevo gerente, Antonella movió cielo y tierra para conservar su puesto. Incluso logró entrar en el comité de evaluación de diseñadores.
Joana miró a los otros compañeros, todos vestidos de manera impecable. Cerró la laptop con calma, preparándose para lo que venía.

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