El párpado de Antonella tembló y, apretando los dientes, soltó con dificultad:
—Entonces, ¿qué tengo que hacer para que me perdones? Al final, tú tampoco perdiste nada, señorita Joana.
—Lo siento, pero no pienso perdonarte —Joana pasó a su lado, dejando la frase en el aire, ni con calidez ni con hostilidad.
La rabia de Antonella terminó por explotar.
Hasta aquí había aguantado a Joana; ya no podía más.
Gritó con furia, mirando la espalda de Joana:
—¡Joana, si ya lo tienes todo, ¿no es cierto?! ¡¿Por qué tienes que venir a quitarnos las oportunidades a los que venimos de abajo?! ¡Lo que más odio de ti es esa actitud tuya, como si nadie mereciera la pena! ¡Quién sabe cuántos tipos te has ligado a escondidas, y todavía te haces la santa!
Joana se detuvo en seco y, girándose, le dedicó una sonrisa despreocupada:
—Gracias por decir que tengo capacidad, que sé lo que hago y que tengo recursos. Pero ese último comentario, guárdatelo para ti. No le endoses a otros lo que sueñas para ti misma. La imaginación también puede ser una enfermedad. Y por cierto, señorita Antonella, ¿no eras tú la que venía a pedirme perdón?
Su tono era ligero, pero la burla se sentía en cada palabra.
Antonella estuvo a punto de explotar de pura rabia.
Antes de que pudiera responder, el asistente de Lorenzo se acercó a Joana.
—Señorita Joana, el señor Lorenzo ya la espera abajo.
—Gracias.
Antonella la vio irse, mordida por la impotencia, sin poder hacer más que pisar fuerte el suelo.
¡Como si tuviera algo de especial!
Si a ella le hubieran dado esas oportunidades, seguro habría hecho un mejor trabajo que Joana.
¡Esa tipa simplemente tuvo suerte!
Antonella se quedó mascullando su frustración.
—Antonella, pásate por la oficina.
La secretaria de Tristán la encontró sola, dándole patadas a la pared, y la miró con cierta incomodidad.
Antonella se puso tensa de inmediato: recordó lo que Tristán le había dicho antes y el corazón le empezó a latir más rápido.
Pero, al llegar a la oficina, Tristán no estaba.
La secretaria sacó una carta de despido de la carpeta.
—Revísala, y si todo está en orden, ve a recursos para que te liquiden. A partir de mañana, ya no tienes que venir.
Lorenzo entró con ella al elevador.
—¿Entonces te llevo a tu casa?
Joana presionó el botón del primer piso.
—No es necesario, justo hoy voy a recoger mi carro nuevo.
Lorenzo no se rindió:
—Entonces te acompaño, así no tienes que pedir taxi ni nada.
Antes de que Joana pudiera negarse otra vez, Lorenzo añadió:
—Si me rechazas de nuevo, es que no me consideras tu amigo.
Joana miró los números del elevador descender, sonrió y no dijo nada.
Al final, Lorenzo simplemente pidió a su chofer que estacionara el carro en la entrada. Ya no había pretexto para negarse.
La agencia de carros donde Joana había hecho su pedido estaba cerca.
Apenas llegaron, el asesor de ventas salió a recibirla.

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