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Cuando el Anillo Cayó al Polvo romance Capítulo 539

Sin embargo, a ella sí que le sorprendió la coincidencia: el señor Tomás también iba a salir rumbo a Nubilaria Urbe.

—Carolina, ¿el señor Tomás va a Nubilaria Urbe de paseo? —preguntó con curiosidad.

Carolina asintió, pero luego negó con la cabeza.

—No es exactamente por vacaciones. Mi bisabuelo va cada año a Nubilaria Urbe para dar consultas médicas gratuitas junto con sus alumnos.

Joana entendió entonces.

A pesar de que el señor Tomás ya no atendía pacientes cobrando honorarios, seguía yendo con regularidad a las zonas más necesitadas para atender a las personas sin cobrarles.

Probablemente, una de las razones por las que le gustaba tanto viajar era esa.

Se parecía a esos médicos antiguos que recorrían el mundo ayudando a la gente.

Lisandro, rascándose la cabeza, preguntó:

—Pero, Carolina, ¿por qué entonces negaste con la cabeza? ¿Tu bisabuelo no va a dar consultas?

—Ay, sí va, pero aunque dice que va a atender a la gente, de los diez días del viaje, solo dos los pasa trabajando. El resto se la pasa comiendo, paseando y pasándola bien —soltó Carolina, claramente indignada.

Sobre ese asunto, tenía muchas cosas qué decir.

Siempre sospechaba que el gusto de su papá por viajar con su mamá venía de herencia de su bisabuelo.

—¡Oigan! Voy a preguntarle a mi tío si esta vez nos puede llevar con él. Así podríamos pasar más días juntos. Además, quiero ver si de verdad se pueden encontrar hongos allá.

Sentada en las piernas de Joana, Carolina sacó la manita y empezó a picar el reloj infantil que llevaba puesto.

Joana le acarició una de las trenzas:

—Carolina, tu bisabuelo va a Nubilaria Urbe a hacer algo importante. No va a tener tiempo para cuidarlos. Mejor vamos en otra ocasión, ¿sí?

—¡No importa! El tío irá con nosotros. Que él se encargue de cuidarnos —respondió Carolina, sonriente, mientras llamaba directamente a Arturo.

Joana se quedó pensativa.

Arturo últimamente estaba muy ocupado, siempre tenía que salir temprano y regresaba tarde del trabajo.

Desde el otro lado de la línea, la voz grave de Arturo, con un tono nasal, se escuchó:

—Si van a Nubilaria Urbe, yo los llevo con el abuelo. Pero iremos en carro, así que vamos a llegar un día más tarde.

Joana dudó:

—¿No será mucha molestia? Si quieres, mejor para la próxima.

—Los niños se ven muy ilusionados con este viaje, Joana. Dale chance —replicó Arturo, dejando de lado su tono relajado y hablando con seriedad, imposible de rechazar.

—Bueno, entonces te lo encargo...

Joana, sin saber cómo, terminó asintiendo.

Dafne y Lisandro, emocionados, chocaron las palmas en el aire.

—¡Sí, sí, sí!

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