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Cuando el Anillo Cayó al Polvo romance Capítulo 557

Joana apoyó la mejilla en la mano, mirando la figura de Gloria con una sonrisa llena de ternura, como si fuera su propia hija.

...

Ayer, en cuanto Santiago recibió el dinero que Joana le transfirió, de inmediato le ordenó a Juliana que rechazara a la familia Gálvez.

Comparado con la familia Gálvez, que siempre se hacía del rogar y no daba la dote, Santiago prefería mil veces la actitud resuelta de Joana, que soltó el dinero sin vacilar.

Así, de la nada, le soltaron doscientos mil pesos. Santiago pensó que una persona así seguro nunca retrasaría el pago del sueldo de Rosalía.

Ya había tomado su decisión. No importaba cuánto insistiera Juliana, no permitiría que Rosalía regresara a casa para casarse.

Juliana estaba tan furiosa que no pegó el ojo en toda la noche.

Ellos ya tenían en las manos esos doscientos mil, pero a ella no le había tocado ni un peso.

—¡Eso sí que no! —se decía entre dientes—. Si ellos van a ser así de egoístas, pues que no se quejen cuando yo haga lo mío.

Al día siguiente, cuando la familia Gálvez vino a pedir explicaciones, Juliana les pidió que enviaran a alguien a esperar.

Su plan era simple: conseguir que alguien raptara a Rosalía sin que nadie se diera cuenta, llevarla a la familia Gálvez y, una vez que todo estuviera consumado, aunque luego quisieran divorciarse, ella ya habría cobrado su comisión.

Juliana sabía de sobra que Rosalía salía todos los días al campo, a veces acompañada de Gloria.

Por eso, contrató a unos hombres de fuera del pueblo para que esperaran en el camino por donde siempre pasaban.

Los hombres apenas y echaron un vistazo a una foto borrosa donde aparecían Gloria y Rosalía juntas.

—Esta foto ni se distingue, ¿cómo vamos a saber a quién agarrar? —se quejó uno de ellos, molesto.

—No pasa nada, ya nos pagaron, así que como salga. La señora Terán dijo que las hermanas siempre andan juntas, así que si ven a la niña con otra, agarren a la que va con la chiquilla —respondió otro mientras masticaba una ramita.

—Oye, creo que esa es la niña de la foto.

—Sí, hasta la ropa trae igual. Tiene que ser Rosalía, síganla rápido.

Habían llegado al pueblo de madrugada, para tener tiempo de vigilar y asegurarse de que no fallaran.

Allá en la montaña, los niños van temprano a la escuela y la gente del pueblo también sale temprano al campo. Pensaron que igual y se les hacía difícil, pero esa mañana la suerte les sonrió.

Aunque tampoco tanto, porque durante todo el camino los interrumpían los vecinos que iban y venían por el sendero.

Ellos ni siquiera la tomaron en cuenta; uno de ellos tapó la cabeza de Joana con un trapo rojo.

—Quítate, niña muda, no estorbes el futuro de tu hermana —le soltó uno, burlón.

—¡Ja, ja, ja! —se rieron los demás.

Gloria, desesperada, lloraba sin parar, pero por más que jalaba y empujaba, no podía hacer nada contra varios adultos.

Joana, cargada en hombros, no respondía de ninguna forma.

—¡Señorita Joana! ¡Señorita Joana! ¡Por favor, despierta! —Gritaba Gloria en su mente, pero sus palabras no salían.

Mientras tanto, el equipo del programa que estaba filmando en la montaña captó toda la escena.

Fabián frunció el ceño, alarmado al ver lo que grababan.

Observó cómo una niña trataba de detener a los hombres, llorando y forcejeando para impedir que se la llevaran.

—¿Pero qué está pasando ahí? —preguntó, preocupado.

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