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Cuando el Anillo Cayó al Polvo romance Capítulo 583

—Qué bueno que regresaste, qué bueno que regresaste.

...

En esta ocasión, Joana regresó de Nubilaria Urbe llena de ideas. Además de la ropa de invierno para niños que había diseñado, creó un vestido de fiesta con elementos étnicos.

Curiosamente, eso coincidió con la inspiración que tuvo Isidora.

Estos días ambas estuvieron en Pueblo Piedraverde, un lugar donde convergen muchas etnias y culturas distintas. Los trajes típicos, llenos de colores y detalles, las habían dejado maravilladas.

El entusiasmo de Isidora explotó y diseñó su primer conjunto bajo el nombre “Sombra de Ceiba”, un vestido de corte regional.

Cada flor en el vestido, símbolo de amor, se ubicaba en el sitio perfecto. Todo el conjunto tenía un aire tan fresco y novedoso que era imposible no quedarse viéndolo.

Incluso Joana, al recibir el boceto final, no pudo evitar halagarla:

—Isidora, avanzaste un montón, ese vestido provoca salir corriendo a una cita.

Isidora, orgullosa, se puso las manos en la cintura:

—¡Jajaja! Cuando esté listo el vestido, la primera en recibirlo gratis para una cita serás tú, Joana.

—Eso sí es generosidad, Isidora —le soltó Joana, levantando el pulgar.

Era curioso: Isidora ni siquiera había tenido novio, y aun así logró crear un vestido rebosante de amor.

Cuando le preguntaron de dónde había sacado la inspiración, la respuesta sorprendió a todos.

—¡De aquí! —dijo Isidora, sacando una foto familiar que estaba sobre el escritorio de Rosalía.

En la foto, Federico y Romina llevaban trajes tradicionales muy elaborados, pero lo que llamó la atención de Isidora fue la vibra entre ellos.

El diseño general del vestido era completamente diferente, pero en el cuello agregó un trébol de cuatro hojas como homenaje, creando un broche muy especial.

Rosalía no podía creerlo:

—¿Una foto puede inspirar un vestido tan bonito?

Ella no sabía mucho sobre diseño, pero desde que trabajaba en el taller había visto piezas inéditas.

Y cada una le parecía más espectacular que la anterior.

Pero como Enzo pagaba un dineral por el trabajo final, no quedaba de otra.

Para asegurar el trato, Paulina pasaba la mitad del día lidiando con él.

—Bianca me contó que, varias veces, cuando Enzo se va, Paulina se encierra a llorar del coraje. Seguro la trae a puro grito —agregó Isidora en voz baja, como si compartiera un gran secreto.

Cuanto más escuchaba Joana, más se le marcaban las arrugas del enojo en la frente.

¿Acaso se había equivocado con sus suposiciones?

Sea como sea, no iba a permitir que nadie llegara al taller a maltratar a su gente.

Cuando Joana llegó a la puerta de la sala de juntas, Enzo estaba sentado justo en medio del sofá, agitando los bocetos y explotando:

—¿De verdad se atreven a mostrarme esta porquería? ¿A poco su jefa estaba dormida cuando los contrató? Todos estos diseños, ¡devuélvanlos!

Paulina, tragándose el coraje, miró de reojo al diseñador más joven, a punto de soltar el llanto. Ya no aguantó más y reviró:

—Señor Enzo, con todo respeto, su gusto personal deja mucho que desear. Tanto para elegir ropa como para tratar a la gente.

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