Entrar Via

Cuando el Anillo Cayó al Polvo romance Capítulo 616

El día del divorcio, Joana despertó más temprano de lo habitual.

A pesar de haberse desvelado hasta las tres de la mañana, ahora sentía una claridad inusitada, como si la ansiedad que le esperaba hubiera dado paso a una extraña paz.

Pensó que en esta fecha estaría sumergida en la tristeza, pero cuando por fin llegó, la verdad fue que sentía una mezcla de esperanza y alivio.

Dejó todo en orden en su pequeño estudio y, a las dos de la tarde, se dirigió directamente al ayuntamiento.

No insistió a Fabián.

Lo que tenía que ocurrir, tarde o temprano pasaría. Él no podría escapar para siempre.

Sin embargo, mientras Joana mataba el tiempo navegando por internet, notó que los comentarios venenosos y las tendencias atacando a Tatiana del día anterior ya habían desaparecido.

Seguramente Fabián había movido sus influencias.

A las dos cincuenta, Joana salió al vestíbulo del ayuntamiento. Observó el tráfico, los carros pasando, pero no vio el vehículo familiar de Fabián.

Decidió esperar un poco más.

El cielo, que hasta hace poco lucía despejado, comenzó a nublarse lentamente.

Alzó la vista, notando que el gris iba ganando terreno. Pronto caería un aguacero.

Faltando poco para las tres, su expresión serena empezó a mostrar grietas.

Quizá Fabián se había atorado en el tráfico. Tal vez llegaría pronto.

A las tres en punto, las primeras gotas comenzaron a golpear el suelo.

Joana se quedó en la entrada, inmóvil, dejando que la lluvia empapara su ropa. No se movió ni un centímetro.

Sacó su celular y llamó a Fabián. Nadie contestó.

El agua le calaba hasta los huesos, y sentía cómo por dentro se le apagaba la esperanza.

Justo cuando su ánimo estaba por desplomarse, una sombrilla negra apareció sobre su cabeza.

Joana levantó la mirada y vio a Arturo sujetando la sombrilla.

—¿Tú qué haces aquí? —preguntó, sorprendida.

—Pasaba y vi a una despistada mojándose bajo la lluvia —Arturo la jaló suavemente para meterla bajo la sombrilla.

La lluvia arreció, y Joana se dio cuenta de que apenas y sentía su cuerpo, como si de repente hubiera quedado entumecida.

Arturo sacó un pañuelo de su bolsillo y se lo ofreció.

—Toma, sécate.

Joana, abrumada, no lo tomó.

Arturo suspiró y, con delicadeza, limpió las gotas de su cara.

—¿No vino?

—Gracias.

—No te preocupes, yo me encargo de esto —le sonrió Arturo, intentando tranquilizarla—. Vamos, te llevo a casa.

Joana asintió en silencio.

Quiso contarle algo, pero se guardó las palabras.

Ya en casa, intentó llamar a Fabián otra vez. Ahora su celular estaba apagado.

Joana no pudo evitar reírse de la rabia. Así que marcó a Lisandro.

—Mamá, ¿por qué me llamas? —la voz de Lisandro sonó animada.

Joana se tragó la tristeza y preguntó:

—Lisandro, ¿está tu papá con ustedes?

—¿Papá? Se fue ayer de regreso a Mar Azul Urbano.

Lisandro, todavía medio dormido, se frotó los ojos.

De pronto recordó algo y añadió:

—Anoche vi a papá irse. Dijo que tenía que volver para arreglar un asunto importante y que mi hermana y yo nos quedáramos en Ciudad Beltramo.

Joana, guiándose por la información de Lisandro, revisó los vuelos con la aerolínea y confirmó que el único vuelo disponible anoche era a las diez.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cuando el Anillo Cayó al Polvo