No era común verla tan pendiente de él.
Sin embargo, ese día entero, Fabián no recibió ni un solo mensaje de Joana. Tampoco la vio aparecer de la nada en los lugares que solía frecuentar, como solía hacerlo, buscando cualquier pretexto para cruzarse en su camino.
Se suponía que eso debía aliviarlo, pero en el fondo, sintió una punzada de vacío.
¿Acaso... Joana ya había renunciado a él?
Aun así, el abogado que Joana había contratado seguía insistiendo en comunicarse con el Grupo Rivas.
Justo cuando Fabián pasaba por la recepción, escuchó a la secretaria a punto de rechazar una llamada.
—Espera.
Se acercó y levantó el teléfono, hablando con tono impasible:
—Sobre el divorcio, si quieren hablar, que Joana venga a decirme las cosas en persona.
Al otro lado del teléfono hubo un breve silencio, luego se escuchó una voz nerviosa:
—¿No sabía? La señorita Joana tuvo un accidente de carro hoy, justo cuando iba a buscarlo.
—¿Qué dijiste?
Un escalofrío recorrió a Fabián. Esa inquietud que lo había acompañado todo el día se transformó en una preocupación tan real que lo hizo sentir un nudo en el estómago.
Sin perder un segundo, se fue directo al hospital. Cuando llegó al piso de urgencias, buscó el número de habitación de Joana, pero lo único que encontró fue un letrero: "En cirugía".
Un médico alto, con cubrebocas y gorro, salió de la sala de emergencias.
Fabián lo observó y le pareció vagamente conocido, pero no tenía cabeza para eso. Se acercó de inmediato, con la voz entrecortada:
—¿Cómo está mi esposa?
El doctor lo miró sin expresión y le extendió un papel y una pluma:
—La situación de la señorita Joana es delicada. ¿Usted es familiar? Necesito que firme aquí.
Le puso enfrente un aviso de estado crítico.
Fabián firmó, aunque algo le olía raro.
Al devolver el documento, volvió a clavar la mirada en el médico:
—¿Puedo verla aunque sea un momento?
—No se puede.
La respuesta fue tan cortante que Fabián sintió un golpe en el pecho.
—Para nada, solo le estoy diciendo las cosas como son.
El abogado sacó el acta de divorcio y se la entregó.
Fabián ni la miró. La hizo trizas ahí mismo.
—¿De verdad creen que voy a aceptar? Aunque se muera, Joana va a seguir siendo mi esposa. Y si se queda inválida, yo me encargo de ella el resto de su vida.
El licenciado Herrera vio cómo los papeles terminaban hechos pedazos y ni se inmutó.
Sin perder la calma, sacó del portafolio otra copia, impecable.
—Qué forma de hablar, Sr. Fabián. No puede desearle algo bueno a la señorita Joana, ¿siempre piensa en lo peor? Por eso ella está tan decidida a divorciarse de usted.
Fabián se puso rojo de coraje:
—Mejor cállate. Nadie te pidió tu opinión.
—Firme, por favor, Sr. Fabián.
Fabián agarró la nueva copia y la destruyó de nuevo.
El licenciado Herrera solo sonrió. Abrió su portafolio y sacó otro montón de copias.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cuando el Anillo Cayó al Polvo