Joana nunca imaginó que Fabián llegaría a ese nivel de obsesión.
El rostro de Fabián se había ensombrecido por completo.
—¿Quién te dio este consejo? ¿Arturo o ese doctor que acaba de irse?
—No te importa —respondió Joana con un tono cortante, sosteniendo el acuerdo firmado—. Si sigues evadiendo el tema, te voy a demandar directamente.
Fabián apenas curvó los labios en una mueca desdeñosa.
—¿Ah sí? ¿Estás segura de que esa es mi firma?
—El doctor Patricio te vio firmarlo—.
Joana se interrumpió. Rápidamente abrió el acuerdo, revisando la página de la firma.
Solo entonces notó que Fabián apenas había escrito unas letras: “Fabián”.
—Joana, si quieres jugar, yo también puedo seguirte el juego. Pero no te lastimes así para lograrlo. Me preocupa —soltó Fabián desde la cama, sin perder la compostura.
Él ya había sentido algo raro al momento de firmar.
No quiso creer que Joana lo estuviera engañando, pero igual, dejó incompleta la firma por precaución.
Jamás pensó que ella sería capaz de fingir un accidente de carro con tal de conseguir el divorcio.
Fabián sentía una mezcla de emociones que no podía descifrar.
Por su parte, a Joana le dolía hasta el alma.
—Fabián, el que debería quedarse internado eres tú, para que el doctor revise bien qué traes en la cabeza.
Joana tomó el cojín y, sin pensarlo, le aventó el acuerdo junto con él.
Fabián ni se molestó. Tomó el cojín con calma.
—Descansa. Mañana vemos lo del alta.
Salió de la habitación justo cuando se topó con Patricio en el pasillo.
Patricio ya se había quitado el cubrebocas y, con la bata blanca, parecía aún más serio.
—¿Para qué le sigues el juego? ¿Cuánto te pagó? —le bloqueó el paso Fabián.
Patricio ni se inmutó.
—Hazte a un lado, por favor.


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